Regidor misógino

  • Entre pares
  • Guillermo Colín

Monterrey /

Abundantes y estrepitosas las actuales noticias nacionales, no opacan sin embargo el brillo (es un decir) de algunas verdaderas joyas de la misoginia burocrática que refulgen en el nivel local de un cabildo municipal como San Pedro, Nuevo León.

Un zafio regidor priista que responde al nombre de Eduardo Cruz, desde el que debe ser su entorno medieval, pidió la palabra para diagnosticar en plena sesión de Cabildo como “locas” a aquellas señoras del acaudalado municipio que se han “atrevido” a manifestarse en contra de los museos cuasi personales que como herencia maldita a sus gobernados pretende dejar en comodato oneroso, al término de su mandato, el actual munícipe Mauricio Fernández.

En el florido lenguaje misógino del regidor Cruz, que en mucho emula la postura del cuestionado munícipe, las referidas damas manifestantes son unas “locas y argüenderas que deberían estar en su casa cuidando a sus maridos o a su vida personal”.

Es decir, para Cruz, la vida “personal de las mujeres y cuidar a sus maridos” es la única función por las que les reconoce algún mínimo significado existencial: “Veo a dos o tres señoras locas que andan en todos los eventos”, las insultó Cruz muy ufano (y si así fuera, ¿qué? ¿No acaso es éste un país de libertades?).

En caída libre, muy en su papel, soltó otra perorata de misoginia recalcitrante en su particular sintaxis (si es que así se le puede llamar): “Yo le quiero preguntar a toda esta gente si no tienen otra cosa mejor que hacer en su casa”. El policíaco señor Cruz se abroga como parte de su función cuestionar tareas que las personas, en uso de sus libres albedríos, emprenden en sus vidas, nada de lo cual le debería importar un comino al Regidor, pues no son de su incumbencia.

En su rabioso odio a la mujer y por si duda quedara respecto al lugar que en su desequilibrio mental ocupa la mujer ciudadana (que se supone debe incluir a las mujeres mismas que haya en la familia del regidor Cruz) les receta: “Pónganse a cuidar mascotas, a su marido, o no sé pero dedíquenle más tiempo a su vida personal en vez de la vida pública, que no les compete porque les falta un tornillo”.

El paleosáurico político y el misógino prehistórico que exhibe llevar dentro el regidor Cruz concibe que las personas del sexo femenino (aun en un sentido metafórico) están unidas por tornillos y al aflojárseles o zafárseles alguno, su retiro del ejercicio de sus derechos constitucionales es imperioso y deben tales “deschavetadas” en consecuencia retirarse de la vida pública.

El problema con Cruz y personajes herrumbrosos como él es que desde sus regidurías están habilitados para prefigurar e impulsar políticas públicas. ¿Se imagina el lector qué clase de políticas de inclusión, de respeto y tolerancia, de igualdad de género, podría ni siquiera concebir alguien como Cruz?

El regidor Cruz, en funciones de facultativo moral de la mujer y su actividad pública, diagnostica y pone en operación su función descalificadora y recriminadora de la protesta femenina, porque parece que su coeficiente intelectual no le alcanza para más: “Quédense en su casa, en serio, en lugar de andar de argüenderas en todos lados –nada más les falta ir a los velorios–, cuestionando la ubicación de los museos y el gasto que se requerirá para su mantenimiento”.

Lo verdaderamente lamentable de lo que representa la mentalidad empantanada en el prejuicio de este regidor ‘prisáurico’, que debería haber desaparecido de la historia hace décadas, es su correlato en damas sampetrinas que no faltarán en coincidir al cien por ciento con Cruz en sus arcaicos pronunciamientos. La urdimbre de la desigualdad, del odio de género, de los machismos retrógrados y los hembrismos degradantes está en el fondo del seno social.

gcolin@mail.com

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