Es trágica la evolución tanto de la actuación de AMLO desde que ganó las elecciones como de la crítica que se le ha hecho. Es la crónica de una tragedia personal y nacional. El presidente López Obrador llegó al poder con casi todo, para encabezar y hacer realidad un proyecto de cambio que aprovechara todo lo bueno construido en los últimos 30 años y solucionar los graves problemas que tienen harta a la sociedad y que fueron muy bien detectados por él: corrupción; privilegios; desigualdad y pobreza, etc. Tenía la enorme legitimidad de los 30 millones de votos obtenidos; la esperanza, paciencia y el respaldo de siete de cada diez mexicanos que deseaban el cambio prometido con avidez y además la mayoría en el Congreso. Ninguno de los cuatro presidentes anteriores tuvo esas condiciones favorables.
Las críticas dan cuenta de la evolución de su gestión y de los errores cometidos a lo largo de ya casi dos años desde su triunfo en julio de 2018. Las primeras, antes de que tomara posesión, fueron con motivo de la consulta popular patito con la cual canceló el aeropuerto de Texcoco: autoritarismo (aquí mando yo) y desprecio por las reglas de la democracia, además de torpeza económica y presupuestal que rompería la confianza empresarial. Eran las críticas a un estilo de gobierno.
A lo largo de 2019, los cuestionamientos fueron en aumento básicamente por tres temas. Primero, la aplicación draconiana de la austeridad presupuestal –como varita mágica dizque para terminar la corrupción, en una confusión conceptual terrible–, lo que debilitó innecesariamente las capacidades operativas del gobierno en casi todas sus áreas (destacadamente en seguridad y salud), menos en energía y sus siete nuevos programas sociales. Segundo, la concentración de poder en la Presidencia de la República debido a su estrategia deliberada de atacar, debilitar y controlar a los organismos autónomos (INE, IFAI, CNDH, CRE, Poder Judicial, etcétera) junto con su desprecio por acatar la ley, y, tercero, la instrumentación de políticas públicas ineficaces y, por tanto, inadecuadas, para lograr los objetivos de su proyecto: crecimiento económico, reducción de la inseguridad y construcción de la paz, fin de la corrupción, etcétera.
El resultado de esos tres errores políticos fueron la causa del cuarto conjunto de críticas ya muy evidentes hacia fines de año: los malos resultados de su primer año de gobierno: economía estancada, violencia homicida descontrolada, crisis grave del sistema de salud, pocos avances en el combate de la corrupción, sometimiento a Donald Trump en materia migratoria, por mencionar las principales.
Finalmente, las críticas en este año se concentran en la personalidad de AMLO: su terquedad y cerrazón a aceptar las críticas ante errores evidentes; su insensibilidad ante demandas que no están entre sus prioridades (víctimas, violencia contra las mujeres) y su errada gestión de las crisis sanitaria y económica, debido a la obcecación con su programa de gobierno y a una ideología obsoleta en materia económica (empresarios enemigos; “no me gusta su modito”) y a su incapacidad de adaptarse a nuevas circunstancias.
De esta manera, AMLO se autodestruye; está demoliendo tanto su liderazgo y su capital político como la esperanza de sus seguidores y, por desgracia, un mejor futuro para el país. Lástima, tenía casi todo.