Argentina: luz y sombra

Ciudad de México /
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M+ Lo que vimos el domingo en la final España-Argentina fue el espectáculo de un mal perdedor. 

Un perdedor que perdió con rencor, que había buscado compensar su inferioridad en la cancha jugando al límite de la violencia permitida y que, al sonar el silbatazo final, encontró la manera de llegar a la violencia que buscaba con las manos. 

No felicitaron a sus vencedores, desahogaron mal la adrenalina que les quedaba. Valga esto por la ingobernable adrenalina, pero, cuando ésta ya había bajado, cuando los jugadores habían recogido sus medallas en el podio de premiación, cuando España alzaba la copa y celebraba su triunfo, vimos un momento ridículo y otro vergonzoso.

El momento ridículo fue Trump, queriendo estar en la foto de la celebración española, con Infantino, apresuradito, tratando de sacarlo de cuadro.

El momento vergonzoso fue el de la escuadra argentina, que le dio la espalda a la celebración española, para atender a la afición que tenía en la grada. 

Ese gesto fue pura pedagogía resentida de malos perdedores, en un juego que perdieron de principio a fin, en el que fueron dominados de principio a fin.

Las redes rebozan y rebuznan discursos antiargentinos diciendo que hemos visto el ADN insalvable del futbol de ese país, la razón de su mala fama como competidores, como afición y como cuchilleros en el campo de juego.

Lo que se ve no se juzga: la dureza, la adrenalina y la mala leche del futbol argentino han estado siempre ahí. Pero conviviendo, siempre, con el genio de sus jugadores, con los éxitos de sus escuadras y con la pléyade de estrellas argentinas, venidas de la escuela dura del barrio, que alegran con sus altos dones deportivos los estadios del mundo.

Uno puede elegir entre la dureza alérgica al fair play del futbol argentino y su venero de grandes jugadores.

Uno puede elegir entre la violencia y la maestría de ese futbol, entre las patadas que han repartido en todas las canchas del mundo y las genialidades sin fin que han puesto en ellas.

Yo elijo lo segundo, elijo a Messi y todo lo que él significa en ese futbol y en el futbol del mundo. Escojo la luz del futbol argentino, no su sombra.


  • Héctor Aguilar Camín
  • hector.aguilarcamin@milenio.com
  • Escritor, historiador, director de la Revista Nexos, publica Día con día en Milenio de lunes a viernes
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