M+.- Hace veinte años celebré aquí, en MILENIO, en este espacio, los 80 de Gabriel García Márquez. Cumplí yo mismo 80 años la semana pasada y, revisando papeles, di con aquel texto, que aquí va de nuevo, por el solo gusto de recordar al Gabo.
3 de abril, 2007. Gabriel García Márquez cumple hoy ochenta años. Sé que se ha puesto a releer sus libros y que regresa de ellos con la misma impresión adánica, alucinada, de sus primeros lectores.
Pregunta a su mujer y a sus hijos: ¿cuando yo escribí esto, no estaba loco? Le responden que no, pero él insiste: ¿no parecía loco, por lo menos? En absoluto.
¿Tomaba mucho, fumaba mota?
Nada, salvo café y cigarrillos, y algo de trago, pero nunca mucho y jamás para escribir, cosa que se hace por la mañana, de nueve a tres, con regularidad solar, mientras se lee y se consulta todo lo que hay que leer sobre lo que se escribe.
Nada me impresiona tanto de García Márquez como la tranquilidad que fluye de su persona, su ausencia de prisa, la redonda calma conque pasa por la vida diciendo cosas inesperadas, inconfundiblemente suyas.
Pensé mucho tiempo que aquella actitud era el fruto de una vida cumplida en todos los órdenes: la serenidad de un hombre que nada más tenía que pedir a la vida. No es así, desde luego. Siempre hay algo más que pedirle a la vida, que resulta insufrible de tan rápida.
La parsimonia vital de García Márquez es un don aparte, creo, el don de la concentración propia del gran artesano que alcanza la redondez de la vida en la redondez sin prisas de su oficio.
Hace quince años me preguntó García Márquez cuántos años tenía yo. Cuarenta y cinco, le respondí y él me dijo: “Si yo tuviera cuarenta y cinco años, me comía el mundo”. La semana pasada me preguntó de nuevo cuántos años tenía. “Sesenta”, le dije. “Si yo tuviera sesenta años en este momento”, me dijo, “me comería el mundo”.
La verdad es que se había comido el mundo a los cuarenta y cinco años, se lo seguía comiendo a los sesenta y se lo está comiendo a los ochenta, mientras lo celebra la lengua española, con los primeros bocados de su inmortalidad.