M+.- Ya que a la 4T le gusta tanto hablar de moral política, de “humanismo”, de “honestidad”, hablemos del dilema moral que enfrenta la presidenta Sheinbaum.
Políticamente hablando, quizá el dilema moral sea un asunto menor, frente a la revelación devastadora de que el partido que gobierna México, el partido de la Presidenta, está escandalosa y orgánicamente asociado a la narcopolítica.
Creo no haber citado nunca, como hechos probados, las versiones periodísticas de que Estados Unidos se preparaba para exigir a México que le entregara no solo narcos, sino también políticos corruptos de alto nivel, narcopolíticos.
Con aquellas versiones de prensa se cumplió un dicho de García Márquez, según el cual los rumores de prensa son anuncios adelantados de la verdad.
Bueno, las versiones periodísticas de que Estados Unidos exigiría a México la entrega de narcopolíticos de alto nivel, empezaron a cumplirse esta semana, dramáticamente, con una primera descarga de escopeta diplomática.
Washington quiere que México detenga y extradite a la banda de narcopolíticos sinaloenses que entregaron su estado al crimen.
El dilema moral que esta crisis plantea es diabólicamente simple: ¿debe la Presidenta entregar a los narcopolíticos que le pide Washington o no debe entregarlos?
Leí en la prensa de ayer tres maneras sugerentes de plantear ese dilema:
1. La Presidenta puede responder al desafío como “jefa de partido”, protegiendo a los narcopolíticos de Morena, o como “jefa de Estado”, procediendo contra ellos.
2. Puede usar la “soberanía nacional” como un escudo para proteger a criminales mexicanos de injerencias extranjeras, o puede ejercer la soberanía nacional para combatir al crimen con todos los recursos a su alcance, incluida la injerencia extranjera extraordinaria que sea necesaria.
3. Puede actuar como una Presidenta subalterna, sometida a la defensa de la herencia criminal recibida, o como una Presidenta titular que toma las riendas de su cargo para corregir una herencia ruinosa, que desangra el cuerpo y corrompe el alma del país.
La Presidenta debe elegir, en suma, entre política y narcopolítica, entre Estado y narcoestado, entre el Bien público, que blinda la moral social, y el Mal que la destruye.