M+ Claudia Tacoronte, una joven estudiante canaria, española, de veintiún años, que estaba en un programa de intercambio de la Universidad de Granada con la Universidad Autónoma del Estado de Morelos, fue asesinada el 12 de septiembre.
Su asesino quería robarle el celular y le abrió el vientre con un cuchillo, en las cercanías de la Casa de la Cultura de Cuautla. Claudia entró a la Casa de la Cultura “con los órganos expuestos”, y murió esa noche.
Era la cuarta alumna de la misma universidad asesinada este año, después de Kimberly Ramos, Karol Toledo y Michelle Itzayana, en un estado que tiene la segunda tasa de feminicidio del país, 1.97 por cada 100 mil mujeres, siendo la tasa nacional de 0.55.
Claudia recibió en México, de parte de su país, el mismo trato que hubiera recibido allá: un escándalo y la exigencia de justicia mediante la aclaración y el castigo de su asesino.
Su crimen fue aclarado a los dos días y el asesino, detenido y preso. Es lo que suele suceder en España con los feminicidios y con los asesinatos de mujeres. Prácticamente ninguno queda impune. El de Claudia Tacoronte tampoco, a diferencia de los asesinatos de mujeres mexicanas, víctimas de su país.
Pregunto a Meta cuántos feminicidios hay en España. Responde: “En 2026, van 38 mujeres asesinadas por violencia de género, confirmadas hasta el 21 de septiembre, según el Ministerio de Igualdad… Con ellas, son 1.379 mujeres asesinadas desde 2003, año en que empezó el registro oficial”.
Le pregunto cuántos feminicidios hay en México. Responde: “De enero a julio, 380 feminicidios confirmados, más 870 homicidios dolosos de mujeres. Esto es mil 250 mujeres asesinadas violentamente en 7 meses. Para agosto de 2026 ya iban mil 430 muertes violentas, sólo 442 tipificadas como feminicidio. Promedio nacional: 10 a 11 mujeres asesinadas al día”.
La impunidad por feminicidio y asesinato de mujeres en España es cercana a cero. La impunidad por los mismos crímenes en México, es cercana a 100%.
Los crímenes contra la mujer en España son imperdonables para la autoridad. En México, la autoridad al parecer puede dormir tranquila con su cauda de muertas encima, esperando justicia.