M+.- A Borges le disgustaba el futbol porque exacerba los nacionalismos. El Mundial prueba su dicho. Borges dejó claro, muchas veces, su rechazo al nacionalismo. Incluso cuando no ser nacionalista podía verse como traición.
Cuando le preguntaron qué opinaba de la Guerra de las Malvinas entre Argentina e Inglaterra, dijo: “Dos calvos peleando por un pelo”.
El nacionalismo es un sentimiento de pertenencia, de comunión. Pero es también un surtidor de odios.
Es un licor tóxico que debe tomarse con moderación, como el mezcal. El Mundial nos sirve mezcal nacionalero a borbotones. De pronto estamos en una fiesta de todos que se vuelve furia contra nuestros rivales de ahora, o de antes.
Hace unos días, el mal recuerdo colectivo del penal con que Holanda le ganó a México hace años incendió al público del suntuoso estadio de Monterrey, donde Holanda jugaba contra Marruecos.
La memoria colectiva herida empezó a gritar en el estadio su viejo veredicto de aquel juego: “No era penal”, y el estadio se volcó en un santiamén contra el equipo de Holanda, y lo abucheó y lo hostilizó, pavlovianamente, todo el partido.
El júbilo por los triunfos mexicanos en este Mundial tiene un lado sólido y gozoso: celebra que la Selección Mexicana ha jugado y ganado bien, como nunca hasta ahora en mundiales.
Pero ese justo júbilo, desbordado en las calles, tiene un lado raro, una emocionalidad anormal, fuera de los radares normales del triunfo.
Es una locura contagiosa extrafutbolística, una necesidad colectiva de fiesta sin límites.
La fiesta entonces, de pronto, se torna en furor y su caudal jubiloso va dejando tragedias idiotas detrás, como que mueran asfixiadas en el festejo multitudinario dos mujeres.
Hay una fibra de emocionalidad excesiva en las celebraciones mundialistas mexicanas, algo que está sobreactuado y fuera de lugar en tanta genuina alegría, una euforia que le da la razón a Borges, que exacerba un nacionalismo a la vez trivial y total.
Los mexicanos están comiendo sus triunfos futbolísticos con demasiado mezcal nacionalero.
Inevitable, quizá, luego de tanta abstinencia. Sintomático, quizá, de un país urgido de gustarse más de lo que se gusta. _