M+ Hoy hay Informe. Toca el segundo Informe del gobierno actual.
El Informe solía ser una fecha de autocelebración del gobierno, y de llamado a la unidad política del país.
Lo es cada vez menos. Porque los medios y los gobernantes informan más que antes, y los ciudadanos saben más sobre los hechos de su gobierno, aun si no se esfuerzan por enterarse.
El gobierno puede mentir mucho, pero lo hace con menor eficacia que antes. Los ciudadanos pueden llamarse a engaño, pero tienen información de sobra sobre lo que sucede, y no necesitan que el gobernante en turno les venga a resumir sus logros.
Lo que quiero decir es que la idea de un Informe de Gobierno con mayúscula, cada año, es un formato viejo de comunicación gubernamental.
Tenía un valor ritual de unidad política cortesana que se ha perdido y era la ocasión de saber cosas que sólo el gobierno sabía. Ya no.
El valor de información se perdió hace mucho, el de unidad en torno al gobierno, también.
Sólo queda el asunto de cómo se ve el gobierno a sí mismo y lo que pueda quedar de novedad en eso, luego de que la Presidenta habla todos los días, en defensa de su gobierno, en contra de sus adversarios políticos y a favor de sus parciales.
La palabra presidencial ha perdido valor, entre ellos el de ser escasa y, por ello, significativa en su abundancia durante el Informe de Gobierno de cada año.
No es noticia ya que la Presidenta hable mucho, es redundancia. Difícil, entre tanto hablar, que diga algo nuevo o redefina su gobierno, aunque es claro que en este punto hay una oportunidad noticiosa el día de hoy: salirse del formato de continuidad con su antecesor, con el peso muerto de su legado.
La ruptura con el pasado sería una noticia fresca, un llamado a la conversación y al debate democrático.
No es lo que tendremos hoy, creo, sino un discurso de continuidad, una adhesión al pasado.
Y un solo camino hacia el futuro: el mismo.