La anomalía presidencial

Ciudad de México /
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M+.- La llamada 4T huye de la etiqueta que tiende a pegársele en la frente: narcogobierno. Le teme tanto que le mandó al INE prohibir su uso en las campañas políticas.

A ver si aquí no sucede lo que en la escuela, donde los apodos se pegan más entre más los resiente el apodado.

Apodos aparte, hay algo nuevo que reconocer en nuestra política: su anomalía presidencial. 

Nunca ha estado el régimen presidencialista mexicano tan cerca de sus etiquetas derogatorias como ahora, nunca habíamos visto un espectáculo de juniorismo presidencial como el de ahora, ni una clase política tan parasitaria y abusiva de los dineros públicos como ahora. 

Los morenistas medran del presupuesto y lo asignan a sus amigos y clientelas con cinismo y compulsión que no habíamos visto. 

Luego, está la anomalía, también inédita, de un presidente escondido y poderoso, un poder en la sombra, que tiene a la opinión pública en la ignorancia cabal de lo que sucede, sin saber nada preciso, regurgitando sospechas, apuestas y adivinanzas.

También inédita en la historia presidencialista mexicana es la continuidad de los errores entre gobiernos sucesivos. 

Al menos una virtud tenía el presidencialismo autoritario del PRI y el democrático de la transición: el presidente sucesor podía corregir y aún castigar al antecesor. 

La Presidencia era todopoderosa e impune, pero la Ex Presidencia era débil, atacable y corregible en sus errores. 

Ahora, la expresidencia de López Obrador no acaba de ser ex y es inatacable para su sucesora. Vale decir: incorregible. 

De ahí la anormalidad esencial de la vida pública mexicana, su falta de flexibilidad para el cambio, su personalización del poder, encarnado en un expresidente que le quitó todos los privilegios transparentes a sus antecedores y se otorgó todos los privilegios opacos de los que disfruta en su finca de Palenque, entre ellos, el de vivir protegido por el Ejército, a salvo de los tiros de los que dejó sembrado el país.

Apenas se mira con algún rigor, el legado de este poderoso expresidente es una colección de ruinas en marcha. 

No una transformación, una trituración. Pero eso sí: incorregible.


  • Héctor Aguilar Camín
  • hector.aguilarcamin@milenio.com
  • Escritor, historiador, director de la Revista Nexos, publica Día con día en Milenio de lunes a viernes
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