M+.- Los políticos son los encargados de lidiar con las pasiones y los intereses de una sociedad. Su trabajo es hacer compatibles esas pasiones y esos intereses, impedir que desemboquen en lo que naturalmente desembocarían sin mediación de la política: en la discordia y en la violencia perpetua.
Ahora bien, el primer obstáculo para administrar racionalmente las pasiones y los intereses de la sociedad, son los propios políticos.
Así como los abogados pueden ser el mayor impedimento para el cumplimiento de la ley, los políticos son con frecuencia, el principal obstáculo para la conducción racional de la política.
No hay discordia, guerra o crisis política en la historia humana que no pueda explicarse como consecuencia de la desmesura, la obcecación, la ambición o la tontería de un puñado de políticos.
Los políticos necesitan ellos mismos ser domados y encauzados en sus pasiones e intereses. Y esto sólo puede lograrse por la vigencia de reglas externas que acotan la acción de los políticos, que hacen más rentable para ellos conducirse de forma civilizada y constructiva, que de forma corrupta y corsaria.
Creo que fue Madison, uno de los padres fundadores de la democracia estadunidense, quien escribió que las cosas del gobierno deben organizarse pensando en acotar a los chicos malos, los bad fellows, de modo que, incluso los bad fellows se vean obligados a actuar, dentro del gobierno, por su propia conveniencia, con responsabilidad.
La política cambia continuamente las reglas que acotan a los políticos y los políticos están siempre en trance de crear sus propias reglas.
El resultado es el desprestigio de la política misma. La política siempre tiene méritos para merecer el desprestigio del que goza.
“Al que le gusten las salchichas y las leyes, que no vea cómo se hacen”, decía Bismarck, el canciller alemán.
Lo mismo podría decirse de la política en general: el que tenga respeto por la política, que no se acerque a ver sus cuartos reservados.
Pero hay algo peor que los políticos profesionales: la falta de políticos profesionales. El desprestigio de la política y de los políticos abona el terreno para el demagogo y el dictador, para el tejedor de promesas y el usurpador del orden.
Mucho de eso vemos en el mundo, y en México.