La Presidenta insiste en enviar petróleo a Cuba. Sigue tirando de un resorte que le revienta en las manos cada vez que lo jala. Dice que negociará el envío por vías diplomáticas.
En otros tiempos sería imaginable una negociación para mantener la soberanía mexicana frente a Washington respecto a Cuba, y poder mandarles petróleo.
Va un poco de política ficción de aquellos tiempos:
Es muy probable que Trump no quiera ahogar del todo a Cuba con su bloqueo de petróleo porque, si la ahoga, deberá cargar completa la tarea de la reconstrucción y el cambio de régimen, como en Irak.
Lo probable es que quiera algo parecido a lo que hace en Venezuela: que la propia gente del régimen revolucionario lo desmonte.
Para no ahogarse del todo, Cuba necesita petróleo. Trump no puede autorizarlo, porque sería contradecirse ridículamente.
México entonces podría ofrecerle a Trump mandar a Cuba petróleo suficiente para que no se ahogue, mientras Trump negocia con La Habana un esquema similar al de Caracas.
Esto podría México darle a Trump: ayudar con su petróleo a que Cuba no se ahogue a cambio de que Trump conceda que México envía petróleo a Cuba porque es un país soberano.
Saldrían ganando todos: México con su soberanía, Trump con más tiempo para negociar con Cuba y La Habana con una agonía menos extrema.
Como digo: política ficción.
Pero, salvo que esté guardando bajo la manga una negociación de este tipo con Trump, la insistencia de la presidenta Sheinbaum en buscar por vías diplomáticas cómo enviar petróleo a Cuba, no puede deberse sino a la convicción o a la contumacia.
A la convicción, porque la dictadura cubana le parece digna de apoyo y de defensa. A la contumacia, por la terquedad ciega en dar esa batalla por una causa que se arraigó en ella en sus años jóvenes, cuando adquirió la pasión por la Cuba revolucionaria y sus emanaciones en América Latina, como el M-19 colombiano, en el que la Presidenta militó alguna vez.
¿Convicción o contumacia? A escoger. Quizá las dos.