M+.- Va quedando claro que el crimen organizado es la mayor amenaza que hay para la soberanía política de México.
La soberanía del gobierno sobre varias zonas del país está perdida a manos del crimen, que es quien tiene ahí el poder y el monopolio de la fuerza.
Pero el crimen también lesiona la soberanía internacional. Le da a Estados Unidos argumentos de sobra para exigir que México haga lo que Washington le pide, quiera o no la soberanía mexicana.
La jornada de ayer fue una muestra dramática de esta última realidad. Washington pidió detener, con fines de extradición, a la banda política que le entregó Sinaloa a su cártel criminal. Lo hizo en todos los órdenes de complicidad que puede haber entre política y delito: corrupción monetaria, colusión electoral, entrega de puestos de gobierno, protección para producir y traficar, pitazos de operativos antidrogas, impunidad judicial, y acompañamiento policiaco en homicidios.
Washington pide que México detenga al gobernador en funciones del estado, Rubén Rocha Moya; al senador en funciones, Enrique Inzunza; al alcalde de Culiacán, Juan de Dios Gámez; al vicefiscal del estado, Dámaso Castro y a otros seis personajes, un ex secretario de gobierno y cinco ex jefes policiacos.
En las imputaciones estadunidenses a Rocha Moya y su banda sobre cómo negociaron y entregaron su estado al crimen, no hay nada que sorprenda a los mexicanos, ni a los sinaloenses.
Habrá, en todo caso, que precisar crímenes y responsables específicos de esa maniobra de traición a Sinaloa, hecha a contrapelo de la Constitución, de la soberanía, del bienestar y la tranquilidad de los sinaloenses, y de la nación.
El margen que hay para una decisión soberana del gobierno ante la exigencia estadunidense, es muy estrecho. En lo fundamental tiene dos opciones.
O el gobierno entrega lo que le piden y crea un terremoto político interno, o no entrega lo que le piden y acaba de abrir con Washington, y con su presidente mercurial, un pleito en el que México tiene todo que perder.
El gobierno ha optado, al parecer, por darle un rodeo formalista al terremoto y ganar tiempo.
Creo que la soberanía política de México perdió ayer algo de lo que todavía le quedaba.