Luego del triunfo de Emmanuel Macron en Francia el pasado domingo, está claro que la política en buena parte del mundo (sobre todo en el democrático) está, ahora más que nunca, dividida en dos y no precisamente entre izquierda y derecha.
Por un lado están los nuevos nacionalistas, que con la excusa de los “hartazgos” de los ciudadanos, producidos en gran porcentaje por partidocracias anquilosadas y mafias corruptas que se han producido con la venia de estructuras democráticas oxidadas, han captado la atención de minorías muy amplias principalmente en las clases trabajadoras. Trump y Brexit son los ejemplos más próximos.
Por otro lado están los globalistas que, buscando nuevos medios, defienden de alguna manera el statu quo del proceso de integración mundial, y que en diferentes grados, abogan por instituciones cada vez más sólidas y vinculantes en el plano internacional. Macron es un ejemplo de que es posible ganar con esas ideas, sin pertenecer a los partidos políticos tradicionales vistos como fuente de corrupción.
Más allá de la derecha o la izquierda, la nueva lucha política será ahora entre quienes prefieren regresar a una visión más cerrada de las naciones como respuesta a los problemas sociales y económicos, y quienes ven con buenos ojos el trabajo en equipo internacional como único camino hacia una sociedad civil global responsable. Izquierda y derecha se difuminan en ambos frentes, con tal de sacar adelante su visión.
APUNTE SPIRITUALIS. La globalización necesita regulación, sin duda. Pero el proceso es imparable. Tratar de detenerlo es detener el curso de la historia, y hacerlo tiene el riesgo de aumentar las tensiones entre países, volver a ideologías de superioridad nacional y generar por tanto más guerras de las que ya existen. La solidaridad y la calidad de vida deben ser los centros de enfoque de la globalización, y no el capitalismo salvaje e inhumano, que lo único que lograría en el futuro es ayudar a los nacionalismos a multiplicarse.
hectordiego@gmail.com