Erasmo y la república del pensamiento

  • Atrevimientos
  • Héctor Raúl Solís Gadea

Ciudad de México /

Entre las biografías que escribió Stefan Zweig hay una que vale la pena leer en estos tiempos en que el porvenir parece llenarse de nubes negras: Erasmo de Rotterdam, triunfo y tragedia de un humanista. He comenzado su lectura y quise compartirla cuando antes.

Quien esto lee recordará a Erasmo por su Elogio de la locura, escrito en el que critica a su sociedad y su tiempo. La ironía, la contradicción y la ambigüedad son su método de trabajo. La locura es preferible a la razón porque hace feliz nuestro paso por el mundo: nos permite dejar de reconocer lo absurdo de todo lo que nos rodea.

Este párrafo, tomado de Elogio de la locura, lo demuestra. Habla la locura:

“Sin mí, el mundo no puede existir ni por un momento, pues, ¿no está lleno de locura todo lo que se hace entre los mortales?, ¿no lo hacen locos y para locos? Ninguna sociedad, ninguna convivencia pueden ser agradables o duraderas sin locura, de modo que el pueblo no podría soportar a su príncipe, el amo a su sirviente, la doncella a su señora, el preceptor a su alumno, el amigo a su amigo, la mujer a su marido por un solo momento, si de vez en cuando no se descarriaran, se adularan, toleraran sensatamente las cosas o se untaran con un poco de Locura”.

Pero esta manera de pensar no agota, ni con mucho, el espíritu de la obra y la vida de Erasmo. Más bien, no refleja lo esencial. Lo que Stefan Zweig destaca es la dimensión universalista, tolerante y humanista del legado de Erasmo. Zweig, judío austriaco perseguido, escribe en pleno colapso de la civilización europea (publica la biografía en 1934) y clama por la reconstrucción del proyecto concebido por Erasmo entre los siglos XV y XVI. Veamos lo que dice: “...anticipemos aquí lo que hace que Erasmo de Rotterdam, el gran olvidado, sea todavía hoy, y precisamente hoy, de tanto valor para nosotros: entre todos los escritores y creadores del Occidente fue el primer europeo consciente, el primer combatidor amigo de la paz, el más elocuente defensor del ideal humanístico, benévolo para lo mundano y lo espiritual. Y como, además, fue vencido en su lucha por lograr una forma más justa y comprensiva para nuestro mundo espiritual, este su trágico destino lo liga aún más íntimamente con nuestra fraternal sensibilidad”.

“Erasmo --continúa Zweig-- amó muchas cosas que son queridas hoy para nosotros: la poesía y la filosofía, los libros y las obras de arte, las lenguas y los pueblos, y, sin hacer diferencia entre todos ellos, el conjunto de la humanidad, para el logro de una más alta civilización.”

El proyecto de Erasmo consistía en forjar una suerte de república espiritual constituida por las personas más cultas de la Europa de su tiempo, unificada en torno a su amor al conocimiento en todas sus manifestaciones y apuntalada en la confianza de que la razón podía armonizar las contradicciones y las diferencias.

“Erasmo y los suyos --prosigue Zweig-- consideraban posible el progreso de la Humanidad por medio de la ilustración, y confiaban en la capacidad educativa, tanto de los individuos como de la totalidad, mediante una difusión más general de la cultura, de los escritos, estudios y libros.”

Y no se trataba, por supuesto, de una ocurrencia sin fundamentos históricos, de una aspiración que flotaba en el aire, sino de una posibilidad concreta, provocada por el arribo del Renacimiento, los descubrimientos geográficos y científicos, y su consecuente afirmación de las posibilidades de la humanidad, la razón y la libertad del pensamiento.

Dice Zweig: “Todos querían ser ciudadanos, ciudadanos del mundo, en este imperio de la cultura; emperadores y papas, príncipes y sacerdotes, artistas y hombres de Estado, mancebos y mujeres, rivalizaban en instruirse en las artes y ciencias; el latín llegó a ser su idioma fraternal común, un primer esperanto del espíritu: por primera vez... no la vanidad de una sola nación, sino la salud de toda la humanidad, era la meta de un grupo fraternal de idealistas.”

A muchos les parecerán, estas palabras de Zweig, pasadas de moda o inspiradas por un utopismo insostenible. A este pesimismo hay que oponer un “sin embargo”, el que surge al reconocer que sólo la crítica racional y el examen libre de prejuicios puede dar pie a conductas pacíficas y tolerantes. El fanatismo, la frivolidad, la falta de compasión, el clasismo y el afán de excluir al que percibimos como diferente son callejones sin salida, conducen al odio y a la destrucción.

Preguntémonos por nuestra propia versión, a la mexicana, aquí y ahora, de las conductas excluyentes, irracionalistas y bárbaras. Todos los días las tenemos a la vista o contribuimos a reproducirlas. Imaginemos cómo adaptar a nuestra circunstancia el espíritu humanista de Erasmo. ¿Cómo podríamos forjar una república de las letras, las ideas y los valores, con la que se identifiquen más y más ciudadanos, con la que nutran su sensibilidad más y más personas amantes del conocimiento, el arte y el pensamiento?

La respuesta está en cada quien.

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