Batalla campal provocada

Ciudad de México /


Conozco a Jesús Silva-Herzog Márquez desde hace muchos años. Se trata de una amistad transgeneracional trabada entre mi madre y Don Jesús Silva Herzog en el Berlín de los años 30 del siglo pasado. Compartimos muchas aficiones literarias y musicales. En lo que nunca hemos podido coincidir es en nuestra percepción de Andrés Manuel López Obrador. Incluso tuvimos un intercambio epistolar a este respecto en 2006. Esta discrepancia no tendría mayor importancia —sería como una diferencia respecto a cómo Kempff interpreta una sonata de Beethoven— si ahora él no la hubiera hecho pública en un artículo reciente.

Empiezo por señalar que quienes establecieron los términos de la “batalla campal” en torno a las propuestas legislativas del gobierno fueron los integrantes de la nauseabunda alianza —oportunista y destructora de identidades partidistas— entre el PAN, el PRI y lo que queda del PRD, con sus vociferantes gritos y carteles (“no pasará”) en el debate de la reforma eléctrica en la Cámara de Diputados, donde votaron en contra del interés nacional y a favor de las empresas extranjeras. Así lo espetó el líder de la camarilla que ha secuestrado al PRI, partido que alguna vez, y pese a su corrupción y antidemocracia, nacionalizó el petróleo, creó el IMSS, nacionalizó la electricidad y se rehusó a ser comparsa de Estados Unidos en foros internacionales. Yo no llamé a las armas; fueron los enemigos (así les llamo y no adversarios) del Presidente, quienes han encontrado en la oposición en bloque a todas sus iniciativas lo que conciben como su única oportunidad de derrotarlo políticamente. Debe ser muy frustrante tratar de derrotar a un dirigente cuyo índice de aprobación ronda 70 por ciento.

Desde luego, la iniciativa de reforma electoral debería abrir “un tiempo de deliberación y negociación con las oposiciones” (Silva-Herzog), pero quien ha cerrado ese espacio son los enemigos sempiternos del Presidente en su empeño desesperado por frenar toda iniciativa que provenga de él, aunque beneficie a México.

No creo que la postura de Silva-Herzog frente al Presidente provenga de intereses personales agraviados, sino más bien de una cuestión cuasi estética. Pienso que no le gusta el tono ni el estilo del Presidente ni de su gobierno, de la misma manera que yo soy alérgico a posturas de la derecha (prefiero llamarle así y no conservadores).

Por otra parte, Jesús es un miembro distinguido de nuestra élite intelectual. Este sector ha sido mimado y privilegiado, justificadamente, con cargos, estipendios, premios, lisonjas y, a veces, negocios personales (injustificable) por todos los presidentes de México: de Porfirio Díaz a Peña Nieto. Su máxima encarnación es el Colegio Nacional, institución, por cierto, por la que siento gran afecto ya que mi padre figuró entre sus miembros fundadores. Pero más allá del clasismo y el racismo presentes en su seno, este gremio se siente ofendido por el cambio en la actitud del Presidente hacia ellos. Creo que López Obrador, demócrata irredento que es, piensa que sólo cuenta con seis años para cambiar la relación de la Presidencia con la sociedad. Él está enfocado en gobernar prioritariamente para quienes han sido olvidados durante por lo menos 500 años: los jamás escuchados, quienes han vivido con el equivalente de dos dólares al día, los que antes eran sólo una estadística, los condenados de la tierra. Aún así, creo que ha sido un error dejar de cortejar a los intelectuales eminentes. ¡Sale tan barato!

Dice Jesús que he caído bajo el influjo del despotismo. Está en su derecho de verme así. En cuanto a mí, me enorgullece estar participando en una gesta que, a pesar de la peor pandemia en un siglo, y aunque sólo estamos a la mitad del sexenio, ya ha conseguido logros que será difícil revertir: ¿qué gobierno futuro volverá a la práctica de condonar impuestos a los más ricos?, ¿qué presidente volverá a disponer de 24 aeronaves y otros privilegios de la “Presidencia imperial”?, ¿qué presidente cancelará la comunicación directa con la sociedad u osará frenar los aumentos salariales?, ¿se atreverá un presidente futuro a encabezar el saqueo del país, pese a las nuevas disposiciones constitucionales?, ¿se dará fin a la era de mayor libertad de expresión que ha habido en México desde Madero? México ya cambió. Lo que me preocupa es la capacidad de implementación que tengamos de aquí a 2024. El éxito del nuevo aeropuerto, de Dos Bocas o del Tren Maya depende de cuán eficiente sea su operación. Lo mismo aplica al IMSS Bienestar que, si resulta exitoso, justificaría el sexenio por sí solo. Son esas mis inquietudes y no el haber bebido veneno alguno (Silva-Herzog dixit) o mi atribuida fascinación con el despotismo: no veo ningún déspota en mi proximidad.

Héctor Vasconcelos*

* Escritor, ex diplomático y senador por Morena

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