El covid-19, esa democrática enfermedad

  • Afinidades Selectivas
  • Héctor Zamarrón

Ciudad de México /

El nuevo coronavirus SARS-cov-2 no respeta fronteras ni barreras físicas y se esparce por el mundo con una velocidad mayor a cualquier otra pandemia que haya vivido la humanidad. Tampoco tiene preferencias políticas, de raza ni de clase y afecta a todos por igual… bueno, casi a todos.

En Estados Unidos, el epicentro de la pandemia, quienes han puesto la mayor parte de los muertos son los negros, los latinos y los pobres, pues su tasa de mortalidad en ciudades como Nueva York y Chicago es del doble —y en algunos casos casi el triple— que la población blanca.

Ahí hay un componente de clase. Los más vulnerables ante el covid-19 no son solo los grupos de riesgo (adultos mayores, mujeres embarazadas, presos, usuarios de sustancias, enfermos de diabetes e hipertensión) sino también los pueblos indígenas, las personas con discapacidad, diversidad sexual y los pobres.

En México, un país profundamente desigual, con la mitad de la población en la pobreza, el resultado no solo será parecido al de Estados Unidos sino incluso más pronunciado. Expertos económicos han calculado los riesgos que el nuevo coronavirus representa para la sociedad y prevén un millonario aumento de personas en situación de pobreza. Lo mismo la Cepal que el Centro de Estudios Económicos Espinosa Yglesias.

Así que la desigualdad social también juega en la ruleta de la muerte de esta pandemia. Los llamados a quedarse en casa, por ejemplo, funcionan solo para ciertos grupos sociales, pues aguantar con la despensa abastecida y el trabajo seguro es un privilegio de pocos. Miles deben salir al trabajo porque si no lo hacen no comen.

De ahí la importancia de los apoyos económicos del Estado, esa entrega directa de recursos que los ortodoxos desestiman como tirar dinero y califican de dádivas, ciegos o descreídos ante la insultante desigualdad en que vivimos y que se acentuó en las primeras dos décadas de este siglo.

En Estados Unidos, afectado por el mayor desempleo en décadas, el Estado reparte millones de dólares entre quienes lo requieran, sin más a cambio. El país más neoliberal se ve incluso obligado a tomar medidas “populistas” para mitigar los efectos de la epidemia como intervenir hospitales, con la guardia nacional, para poder llevar ventiladores de hospitales privados a donde más los requieren en estos días, Brooklyn, Queens y New Jersey.

En Brasil, donde el presidente Jair Bolsonaro se burlaba del coronavirus como una gripecita, aprobaron la renta básica universal para mitigar los efectos económicos de la cuarentena.

Otros países, como Ecuador, ya están sufriendo los duros golpes de la epidemia, sobre todo en Guayaquil donde los cadáveres quedan tirados en las calles, mientras que Guatemala se persigna ante el hecho de contar solo con 200 ventiladores para 16 millones de habitantes.

La solidaridad, más que los absurdos rompimientos, como pelean los gobernadores de los estados del noreste y el de Jalisco, es lo que debiera imponerse, no solo entre los habitantes, sino también entre los países. Ojalá y estemos listos para cuando nos pidan ayuda. Hará falta. 


hector.zamarron@milenio.com

Twitter: @hzamarron 

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