M+.- Francia asustaba; era la selección que más temor daba, y no era para menos: cuenta con una maquinaría que es capaz de generar preocupación en cualquier adversario al que se mida, bueno en casi todos, porque ante España, Les Bleus volvieron a claudicar, volvieron a ser un equipo terrenal.
De nada le valió a Francia tener en sus filas al Balón de Oro -Ousmane Dembélé-, al segundo delantero más letal en la historia de la Copa del Mundo -Kylian Mbappé- y a una racimo de jugadores de la más alta calidad en cada una de sus líneas.
Los franceses robaban en las quinielas, parecían una apuesta segura, venían de dos finales consecutivas y en el actual Mundial se habían levantado como un equipo serio que había ganado todos sus compromisos. Incluso cuando se supo que le tocaba bailar con España parecía no perder esa condición, porque había muchos componentes que le mantenían esa categoría, por el hecho de que todos sus jugadores gozan de un mayor reconocimiento mediático.
Pero Francia no se agitó, no fue el equipo temido de jornadas anteriores, vio en España a ese rival que le había derribado en dos semifinales anteriores. Ante La Roja no fue capaz de mostrar ese sentimiento de revancha, no explotó sus cañones, todo ese arsenal que presumía con Mbappé, Dembélé, Barcelona, Olise, Doué, Cherki y hasta Thuram… esas armas letales fueron entumecidas por la defensa y el mediocampo español.
En el día de Francia, cuando se conmemoraba la Revolución Francesa, la selección de Didier Deschamps capituló en la Copa del Mundo, se quedó sin su tercera final consecutiva porque fue incapaz de leer el partido, careció de capacidad de reacción, no tuvo rebeldía, su espíritu fue estéril.
Sí, también hay que decir que fue mucha España con la que se topó, porque la revolución sí la montó La Roja a través de la pelota, y es que el balón no conoce de nacionalidad, en esta ocasión lo tuvo y lo trató mejor el equipo de Luis de la Fuente y Les Bleus carecieron de luz.