Hamnet, el inconmensurable amor de una madre

  • Columna invitada
  • Horacio Besson

Ciudad de México /

En la novela Hamnet, de Maggie O’Farrell, hay un momento en que Judith, la segunda hija de Shakespeare, le pregunta a su mamá: “¿Cómo se dice cuando una persona tenía un gemelo y ya no lo tiene?”

Desarmada, Agnes no sabe qué contestar: “No sé”, atina a decir.

Judith, de 11 años, deduce: “A lo mejor no existe una palabra para decirlo”.

“A lo mejor”, responde la madre mientras, quizá, piensa que tampoco existe una palabra que defina la pérdida de un hijo.

Porque las hay para las otras muertes: la de la pareja, la de los padres, pero no para la de un gemelo y, sobre todo, para la de un hijo.

De eso va Hamnet, del duelo, de la pérdida, de enfrentarse a la cruel presencia de la asfixiante ausencia del ser querido.

O’Farrell toma como base hechos reales —la muerte del pequeño Hamnet de 11 años de edad, presumiblemente a causa de la peste negra en 1596, el único hijo varón de William Shakespeare— para escribir una hermosa y desgarradora historia.

Una novela de reivindicación a favor de Agnes, o Anne, esposa de Shakespeare, menospreciada durante siglos por los biógrafos que le daban un oscuro y anodino papel en la vida del dramaturgo, cuando no de ser una “simple campesina” mayor al escritor y actor que, han insinuado muchos, se aprovechó de su edad para “cazarlo” y quedar embarazada de su primera hija, Susanna, para luego contraer matrimonio.

En este libro, O’Farrell disecciona a profundidad, con una prosa emotiva, bordeando en una poesía que cimbra, para describir atmósferas, acciones y sentires.

Lo que logra transmitir, por ejemplo, sobre las evocaciones de los personajes tras probar unos panes hechos por Agnes es maravilloso.

Cada palabra, cada oración, para retratar la preparación de un cuerpo que será enterrado remueve toda coraza autoimpuesta por el lector como protectora ante el dolor ajeno.

Hay un capítulo magistral, el dedicado a tres diminutas pulgas y el periplo de una de ellas desde Alejandría hasta que sus “bisnietos” llegan a Stratford-upon-Avon.

Hamnet (editorial Libros del Asteroide) es, además, la palabra a favor del Yo verdadero y profundo, sin apariencias y roles impuestos por la sociedad. “Crece también con el recuerdo de lo que era ser querida por lo que se es, no por lo que se debería ser”, escribe O’Farrell.

Porque Agnes es “rara”, cuasi élfica, ser del bosque, medio bruja, aliada de las hierbas, flores y plantas, de los árboles y de los espíritus.

El espejo de nuestro dolor

Hamnet es una novela espejo. Por eso de alguna manera conmueve y perturba a quien la lee (o ve la película dirigida por Chloé Zhao): sabemos que el hilo que sostiene la vida de nuestros seres queridos puede desprenderse en la siguiente ventisca. Para los que tienen hijos, esa probabilidad destila un tufo aterrador y las páginas escritas por O’Farrell nos la recuerda.

Porque hoy están sonrientes, alborotando y gozando la vida, jugando con unos gatitos, y en cuestión de poco tiempo, el sudario, como dice O’Farrell, se convierte en la vela de ese barco que llevará a tu ser amado “al mundo siguiente”.

Y quien lo ha vivido, se refleja en las páginas de este libro ante la desolación, la herrumbre de la asfixia emanada de la inmensa y oscura tristeza.

Y quien no, se desplaza a la hipótesis de esa hecatombe interna ante la posible ausencia.

Porque hay algo muy claro en Hamnet : nuestros seres bienamados ya fallecidos “no volverán nunca más”.

Punto. Y entonces, ¿qué queda?

De eso va este libro, del antes y después en la vida de Agnes ante la muerte de Hamnet, de saberse feliz en una familia imperfecta en el día a día y del caer en uno de los abismos más profundos y oscuros que puedan existir.

De cómo respiras ahora, de cómo recoges esos mil infinitos cachitos en los que te has disuelto y de cómo restauras espíritu y porvenir.

Porque no hay nada escrito de cómo se debe llevar un duelo. Ya se sabe: “Cada cabeza es un mundo”.

Porque aunque Hamnet es un hermoso tributo al cariño, sacrificio y al dolor de una madre, O’Farrell no deja a un lado la pena de un padre.

Y Shakespeare lo vive a su modo aunque no lo comprenda Agnes.

William prefiere escapar, salirse y perseguir su sueño de actor y escritor para no sucumbir por la pesada losa del duelo in situ. El tipo “extraño”, medio vago y manipulado por su no tan escrupuloso padre, huye a Londres. Busca el aire sin la pestilencia de la muerte para encontrar su destino sobre los escenarios isabelinos y jacobinos.

El éxito no sólo le da dinero, le da un respiro, un elixir que no provocará el olvido pero sí ayudará a desdibujar el suplicio ante la muerte de ese pequeño y travieso Hamnet.

Porque, en sus entrañas, el libro de O’Farrell trata más del amor que de otra cosa; del leitmotiv para superar esas ausencias aunque sigan con nosotros bien presentes (siempre lo van a estar), y tener la esperanza, invocando a la certidumbre, de volver a respirar, de seguir aquí y ahora en una existencia que se pueda vivir y no sea una cadena-condena que soportar.

Y ahí, con toda la magia del ser y del existir, Agnes comprende que Hamnet se convierte para Shakespeare en Hamlet, un dolor constante pero controlado y purificado para seguir amando esta amada vida.

Karina Pineda


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