El cruel “olvido” de 215 niños muertos

  • De Tácticas y Estrategias
  • Horacio Besson

Ciudad de México /

Hay veces que ciertos temas confluyen para coincidir en eso que llamamos el “aquí y el ahora” y ahondar en la conciencia para sopesar así, cómo va este mundo: esta semana empecé a leer Las huellas del silencio, de John Boyne, al tiempo que descubrí como novedad editorial el libro Y líbranos del mal del excelente escritor peruano Santiago Roncagliolo.

Ambos autores tocan el tema del abuso y la crueldad en contra de los menores de edad, de la pederastia arraigada en la cloaca de la contradicción humana de algunos miembros de la Iglesia católica.

Ficción inspirada en hechos reales sucedidos en Irlanda y Perú y escrita para denunciar y levantar, aunque sea un poco, el velo del silencio y la complicidad en el supuesto mundo de la fe.

Pero la crueldad no se escribe solo en los libros, sino —sobre todo— en la vida real, en ese “aquí y ahora” y martes pasado el papa Francisco nos lo recordó al dar a conocer las reformas hechas al Código de Derecho Canónico, sobre sanciones penales en la Iglesia, e introducir la pederastia como “un delito contra la dignidad humana”.

Pero mas allá de querer comprar el libro de Roncagliolo y de seguir en mi lectura del de Boyne o alzar la ceja preguntándome si realmente va a servir de algo —justicia, pues— la medida por demás atrasada tomada en el Vaticano, mi atención y mi sensibilidad quedaron estremecidas por la nota surgida el pasado fin de semana desde Canadá.

Kamloops es una pequeña ciudad de la Columbia Británica con un fonético nombre que nos remite a dulces y que, de acuerdo a su guía turística, “tiene más de 100 lagos al alcance de todos” y es un lugar “ideal” para practicar la pesca, golf, remar, ciclismo de montaña y en invierno, deportes sobre la nieve.

Pero también Kamloops ha provocado en estos días un gran movimiento entre los canadienses, articulado por la indignación, el dolor y la impotencia pocas veces vistos ante el macabro hallazgo de los restos de 215 niños enterrados en las cercanías del mayor internado para indígenas de Canadá.

Nadie sabe nada, no se tiene idea de qué murieron, qué sufrieron y porqué no hay registros sobre su fallecimiento y su entierro.

Este internado, hoy museo, fue gestionado por la Iglesia católica como parte de una red de 139 orfanatos auspiciados por el gobierno canadiense desde 1870 hasta la década de los setenta del siglo pasado.

Más de 150 mil niños y adolescentes fueron separados, arrebatados, de forma obligatoria por las autoridades a sus familias indígenas en una acción por demás inhumana, pese a sus argumentos humanitarios, para así, “occidentalizarlos” y cristianizarlos en una acto considerado como genocidio cultural.

Un informe realizado hace cinco años señala que al menos 3 mil 200 niños murieron “en medio del abuso y la negligencia”. En el caso de Kamloops, al menos 51 fallecieron entre 1915 y 1963 por esas causas.

El gobierno admitió en 2008 que muchos sufrieron maltratos, humillaciones, experimentos biológicos y abusos sexuales.

¿Cuántos?

Nadie sabe. La historia, los intereses, la barbarie los arrinconaron en el silencio, olvidados, borrados de la memoria y de la integridad humana.


Horacio Besson

@hbessonphoto


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