Don Juan Celada Salmón

  • El país de las maravillas
  • Horacio Salazar

Ciudad de México /

A mi padre le divertía mucho un dicho derivado del latín: “La necesidad tiene cara de hereje”. Esta versión la debió propalar algún monje haragán que tradujo con socarronería la expresión Necessitas caret lege (“la necesidad carece de ley”). Y en efecto, la necesidad aguza el ingenio y produce a veces resultados sorprendentes.

Recordé este dicho al saber de la partida de Juan Celada Salmón, inventor de una tecnología para producir fierro esponja, materia prima para fabricar acero.

Sonorense de origen (nació el 14 de febrero de 1916), Celada Salmón estudió en Torreón, luego se graduó (1941) en la legendaria Esime del Politécnico Nacional, e hizo una maestría en Ingeniería eléctrica en el Tecnológico de Massachusetts (MIT, 1943). Terminó su maestría justo el año en que un grupo de industriales fundó el Tecnológico de Monterrey.

Don Eugenio Garza Sada quería los mejores profesores, y como él mismo había estudiado en el MIT, preguntó si conocían a mexicanos inteligentes que hubieran egresado de ahí. Le recomendaron al ingeniero Celada, y el empresario le ofreció un empleo como docente.

El ingeniero le respondió a Garza Sada que en realidad él quería trabajar en la industria. Esto le vino como anillo al dedo al empresario, así que llegó a Monterrey para impartir clases un par de horas por las mañanas, y para asesorar a varias empresas por las tardes.

La industria en Monterrey había crecido alrededor del pilar llamado Cervecería Cuauhtémoc. A su sombra nacieron Vitro, para fabricar las botellas de cerveza; Titán, para hacer las cajas de cartón donde se acomodaban las botellas de cerveza; Famosa, para producir corcholatas con que tapar las botellas de cerveza.

Como Estados Unidos se metió en la Segunda Guerra Mundial, dejó de vender lámina a México, y fue necesario buscar una manera rentable de producir acero. Así nació Hylsa, Hojalata y Lámina, empresa a la que el ingeniero Celada llegó en 1952. Cinco años después, la necesidad llevó al equipo a su cargo a patentar lo que se denominó el proceso HYL, una tecnología que permite producir a bajo costo fierro esponja, esencial para producir buen acero. La tecnología fue tan buena que disparó la prosperidad de Hylsa y del grupo que se llamó VISA, Valores Industriales, pues se desarrollaron muchas patentes que se licenciaron por todo el mundo.

El deceso del ingeniero Celada Salmón me dejó una inquietud. ¿Los nuevos ingenieros que se lanzan al mercado desarrollando apps son del mismo calibre que los ingenieros de antaño? Yo no tengo una respuesta. ¿Usted sí?

horacio.salazar@milenio.com

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