Cuando uno lee las columnas firmadas por eminencias del periodismo de opinión en México no le queda otra que quitarse metafóricamente el sombrero. Ellos y ellas presumen su agudeza verbal, su inteligencia, su experiencia en las aguas procelosas de la grilla, para ofrecer al público los mejores razonamientos sobre los temas del momento.
Uno piensa: no, con esos argumentos ya el criticado debe ir como cinco metros bajo tierra. Le puso una friega de perro bailarín. Pero no. Al otro día el criticado está como si nada, y el criticón está en busca de un nuevo blanco.
¿Qué pasa? Nada, lo que suele pasar cuando una fuerza irresistible choca contra un obstáculo inamovible. Y es lo que ha estado pasando desde hace meses. Así pasó en Estados Unidos antes de que una masa incierta de votantes sorprendiera a todos dando la elección a Donald Trump, a quien no puedo describir sino como un mocoso malcriado al que no enseñaron a respetar los límites. Por eso el magno reportaje que hizo The New York Times documentando el modo en que su familia se brincó las trancas para construir un ególatra insufrible pasó sin pena ni gloria.
En México estamos aprendiendo de Estados Unidos, por razones distintas. Treinta millones de votantes encandilados y un historial de estupideces por parte de los otros partidos dieron la victoria a Andrés Manuel López Obrador, quien desde el 2 de julio ha ensayado mil trumpadas escudado en esos sufragios. Ciego y sordo a todo lo que no diga su dedito, no ha querido ni ver algo tan flagrante como el conflicto de intereses de su equipo en el tema del aeropuerto.
Allá él y sus monerías. Lo que me parece más preocupante es que los opinadores nacionales no hayan sido capaces de ver que este no es un tema de racionalidad. Nunca lo fue. Este es un desplante dedicado a cultivar su imagen, así como el sondeo es una herramienta para calar los límites.
Como lo hacen los niños, probando los límites de lo que pueden hacer. A López Obrador no se le pueden dar razones. Tendríamos que esperar a que su padre putativo, el pueblo, se canse y le dé un tirón de orejas a la voz de: “¡Niño Andrés, ya compórtese!”. Esperemos sentados.
horacio.salazar@milenio.com
¡Niño Andrés, ya compórtese!
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Horacio Salazar
Monterrey /
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