El cojo de Inishmaan

Ciudad de México /

En 2004, los caminos del dramaturgo Martin McDonagh y el entonces joven actor Fernando Bonilla se juntaron cuando se montó en México El teniente y lo que el gato se llevó, un trabajo memorable. Hoy, dos décadas después, tienen un nuevo encuentro gracias a la obra El cojo de Inishmaan, en la que volvemos a disfrutar del talento enorme del autor irlandés, y de la creatividad del ahora prestigiado director de escena.

Para quienes no lo ubiquen de inmediato, hay que recordar que McDonagh es el autor anglosajón más representado en EUA después de Shakespeare, y que por fortuna hemos visto varias de sus obras en nuestro país, como Pillowman y La reina de Belleza de Leenane; además de algunas de las películas en las que también ha colaborado, ya sea como guionista (Escondidos en Brujas) o como autor y director (la multipremiada Tres anuncios por un crimen).

Considerado popularmente como el “Tarantino del teatro”, este dramaturgo --según la popular y útil Wikipedia-- “cultiva una vertiente extrema del teatro de la crueldad, conocida como in-yer-face, que destaca el aspecto violento y grotesco de las obras para captar la atención del espectador.

Toda esa fuerza, violencia, crudeza son la espina dorsal de esta puesta en escena para la que la palabra PERFECTA se queda corta.

La trama es aparentemente simple: en el pequeño poblado irlandés de Inishmaan vive Billy, que tiene varias malformaciones de nacimiento, entre ellas la cojera. Allí la vida de todos los pobladores es rutinaria y aburrida, hasta que un día llegan unos norteamericanos a filmar una película, y…

La “simpleza” de la anécdota es sólo la capa superficial de una trama que tiene muchos pisos hacia abajo, y en los que se pueden apreciar los más grandes temores, maldades, miedos, angustias, flaquezas de cada uno de los personajes, quienes tratan de esconderlos con agresividad, violencia, indiferencia, valemadrismo, bonachez (“sí, ya se que esa palabra no existe, pero no la voy a cambiar”, como diría uno de los personajes).

Esa Irlanda (que, como dijera otro de los personajes, “no debe ser tan mala, que hasta es escenario de obras de teatro como ésta”) es un pequeño botón de muestra, un microcosmos, en el que todos podemos vernos reflejados.

La obra es una comedia extrema, sin nada de corrección política, en la que no para uno de reír durante las casi tres horas de función. Una risa franca, suelta, sincera, que sale desde lo más adentro, y que es preámbulo de los golpes brutales que se irán recibiendo, y que sólo se pueden aguantar gracias a la “protección” que proporciona la risa.

Al brillante texto, hay que sumarle una dirección exacta. Cada escena, de las muchas que son, están dibujadas a mano; incluidos los cambios escenográficos. Se trata de un todo armónico, en el que cada detalle luce y aporta. No hay nada dejado al azar o puesto ahí gratuitamente.

Para amalgamar texto y dirección, están el resto de los creativos: Lorena Maza (traducción); Sergio Villegas (escenografía e iluminación); Jerildy Bosch (vestuario); Jordi Bachbush (musicalización y audio) y Maricela Estrada (maquillaje y peinado). A cada uno de ellos, aplauso.

Y si de aplausos se trata --en realidad deben ser ovaciones—éstos son para el elenco: ¡MARAVILLOSO!

Sólo por cuestión de trayectorias los agrupo en dos: Sofía Álvarez, Sergio Zurita, Gabriel Murray, Tina French y Juan Carlos Beyer, en un primer apartado. Felicidades a cada uno.

Y un segundo bloque integrado por cuatro jóvenes brillantísimos: Meraki Pradis (¡brutal, brutal, brutal!); David Juan Olguín Almela, Demetrio Bonilla y Aldo Escalante. De verdad, gran actuación de cada uno.

Lastimosamente la temporada de El cojo de Inishmaan termina este domingo; hay que correr a verla en el teatro Rafael Solana, del Centro Cultural Veracruzano.

Una última cosa. El cojo de Inishmaan se realizó gracias al estímulo fiscal EFIARTES, lo que significa que parte de los impuestos que todos pagamos se destinaron a su producción. Al verla uno piensa: ¡qué bueno!, ¡mis impuestos sirven para algo muy bueno!

PD. Aunque me había prometido no hacerlo, he de dedicar un párrafo extra para condenar que el mismo estímulo fiscal se dedique para apoyar a trabajos como Cleansed, que se presenta en el teatro Milán.

Un montaje malo, malo, malo; que no entiende la dureza del texto de Sarah Kean; con un protagonista al que no se le oye la mitad de lo que dice, y la otra mitad no se le entiende; con unos jóvenes actores que van a terminar en el hospital con alguna fractura, por el “entusiasmo” desmedido con que se azotan, caen, se golpean, etcétera…

Y lo peor. El dinero para su producción también salió de nuestros impuestos. Señores que eligen a los ganadores del EFIARTE, cuidado, ¡mucho más cuidado en la selección de los proyectos ganadores!


  • Hugo Hernández
Más opiniones
MÁS DEL AUTOR

LAS MÁS VISTAS

¿Ya tienes cuenta? Inicia sesión aquí.

Crea tu cuenta ¡GRATIS! para seguir leyendo

No te cuesta nada, únete al periodismo con carácter.

Hola, todavía no has validado tu correo electrónico

Para continuar leyendo da click en continuar.