Redondo es el calificativo que mejor aplica al recién estrenado montaje de El padre, lo que implica que no tiene aristas, nada rugoso, nada fuera de su lugar, por lo que la puesta en escena rueda, transcurre, sucede de manera perfecta.
El padre es uno de esos “garbanzos de a libra”, que nació con buena estrella, y que a una década de su estreno mundial se ha convertido en un éxito global.
Escrita por el francés Florian Zeller, la obra se estrenó en París en 2012 y ya ha tenido temporadas en más de 50 países; luego vino como cereza del pastel la versión cinematográfica dirigida por el mismo Zeller, protagonizada por Anthony Hopkins y Olivia Colman, y que obtuvo dos premios Óscar, para el mejor actor y el mejor guión, también de Zeller.
En nuestro país hubo ya un primer montaje, que estelarizó don Ignacio López Tarso, y que superó las 300 representaciones.
Hago este rápido recuento para apuntar el impacto que la obra ha logrado en corto tiempo; como seguramente lo hará una vez más con el poderoso montaje que ahora hace temporada en el teatro Fernando Soler, y que tiene es una suma de aciertos que bien vale la pena enlistar.
The play's the thing (La obra es lo esencial) no es únicamente una frase que Shakespeare escribió en Hamlet, sino la base misma del teatro. El libreto es la espina dorsal de una puesta en escena y aquí el texto es brillante. El padre cuenta la vida de Andrés, un hombre de edad avanzada que ha empezado a padecer alzheimer, y lo mucho que esto impacta en la relación con su hija y su entorno en general.
Estructurada en pequeñas escenas, que son como flashazos en la vida y en la memoria del protagonista, el texto arranca con momentos que parecen ilógicos y son hilarantes para el público, y avanza hacia lo real y oscuro y que, evidentemente, emociona y conmueve al espectador.
Al excelente texto se suma la dirección de escena, brillante también, de Angélica Rogel, que imprime el ritmo y el tono adecuado para cada momento. Evidentemente para lograrlo, Angélica se apoya en un equipo de creativos igualmente estupendo.
Una vez más Jorge Ballina muestra el gran escenógrafo que es, y los muchos espacios de la acción dramática transcurren uno tras otro de manera imperceptible. Buena parte de la sutileza con la que esto sucede se debe a la iluminación de Ingrid Sac. No revelaré qué es, para no arruinar el efecto que logra en el espectador, pero el remate lumínico de cada escena es glorioso; y la música original de Hans Werner redondea el ambiente que el montaje requiere.
Todo esto es el marco perfecto para el brillante trabajo actoral.
Luis de Tavira, quien desde hace décadas es reconocido esencialmente como director de escena y dramaturgo, ha vuelto a la escena como actor en el último lustro y aquí como Andrés logra un gran trabajo, lleno de matices, que lo mismo lleva a la risa que a la lágrima.
La hija, Ana, es interpretada por Fernanda Castillo, a quien he visto crecer y crecer y crecer como actriz desde aquel exitazo que fue Hoy no me puedo levantar hace tres lustros.
Fernanda se ha impuesto, no sé si consciente o inconscientemente, no repetirse y no irse por el camino fácil. Hoy es una gran actriz y una gran estrella en televisión y cine, y cíclicamente vuelve al teatro, siempre en montajes distintos, que le implican un reto como éste, del cual una vez más sale más que airosa.
Alfredo Gatica, Pedro de Tavira, Emma Dibb y Ana Sofía Gatica completan el reparto, Todos excelentemente bien.
Según datos del IMSS, actualmente en nuestro país, cerca de un millón y medio de mexicanos padecen Alzheimer, principalmente mayores de 60 años.
El padre --como debe ser siempre con el buen teatro-- nos permite vernos, reconocernos, identificarnos con lo que sucede en el escenario, para a partir de ahí actuar en consecuencia en nuestra vida “real”.
Felicidades al productor Guillermo Wichers, motor de este proyecto.
El padre se presenta en el teatro Fernando Soler, del Centro Teatral Manolo Fábregas, de viernes a domingo.