Los guajolotes salvajes

Ciudad de México /

Traducir es traicionar, dice una vieja sentencia literaria. Y quizá sea cierta cuando la traducción se limita a lo textual, sin entender lo contextual que rodea a una novela, una canción, una obra de teatro…

Esta idea me viene a la mente luego de disfrutar (enormemente) de Los guajolotes salvajes, montaje mexicano de la multipremiada obra Vania y Sonia y Masha y Spike, de Christopher Durang, quien retoma los nombres de los personajes del maestro ruso Anton Chejov, para meterlos en una trama divertidísima, contemporánea, vigente y crítica que atrapa de principio a fin.

Y empecé mencionando la traducción, porque me parece que en esta propuesta ése es el primero y enorme acierto. A partir del fantástico texto de Durang (ubicado en Pennsylvania), María René Prudencio nos ofrece una versión trasladada a Cholula, en la que cada detalle, situación, diálogo ha sido trasladado a este lugar y tiempo, para lograr una empatía absoluta con el espectador.

En el trabajo de María René no sólo no hay traición, sino que aplica aquella regla que recomienda que “hay que hacer todos los ajustes necesarios para que la esencia se mantenga”. Y aquí eso se logra a la perfección.

Muy atinado el ajuste en el título, que además de hilarante, despierta curiosidad, que queda satisfecha en la primera escena, cuando se le explica muy elocuentemente.

A esto hay que sumar la siempre atinada dirección de escena del maestro Enrique Singer, quien como acostumbra, dota a cada escena y personaje de la fuerza y el timing necesario.

Obviamente un gran aplauso para cada uno de los actores de este elenco: Margarita Gralia (Masha), Roberto Blandón (Vania), Raquel Garza (Sonia), Beatriz Moreno (Casandra), Sergio Lozano (Kael), y Alexa Martín (Nina).

Cabe apuntar que si bien Los guajolotes salvajes alude a esos famosos personajes del autor de El jardín de los cerezos, no es necesario conocer a Chejov para apreciar la obra, ni se requiere de ningún conocimiento previo, pues tanto la trama como las situaciones son enteramente independientes del universo chejoviano.

Los guajolotes salvajes tiene, además de las de Chejov, otras múltiples referencias al teatro griego, a Shakespeare, al mundo televisivo, cinematográfico y teatral; a las revistas de chismes de espectáculos, al glamur de las alfombras rojas y, por supuesto, a esa hoguera de vanidades que es la farándula.

La obra gira en torno a la vida Vania, Sonia y Masha (tres hermanos bautizados así en honor de los personajes de Chejov, por unos progenitores que amaban el teatro). Los dos primeros viven en Cholula, donde permanecieron al cuidado de sus padres hasta que fallecieron, y de la casa familiar que es sostenida económicamente por Masha, una refulgente estrella televisiva.

Un buen día, Masha aparece en Cholula acompañada por su nuevo galán, una prometedora estrella juvenil, con vocación de stripper, por lo que se desnuda a la menor provocación. ¡Y las cosas empiezan a cambiar!

Completan el cuadro Casandra, la sirvienta de la casa, quien no sólo comparte el nombre con el personaje griego, sino también sus dotes proféticas; y Nina, una aspirante a actriz y ferviente admiradora de Masha.

Además de esa ingeniosa y aguda crítica al mundo del espectáculo, Los guajolotes salvajes hace un sutil, aunque no por ello menos profundo e importante, análisis del deterioro social que estamos viviendo y que nos aleja de quienes debieran ser nuestras personas más cercanas.

Los guajolotes salvajes, producción de Morris Gilbert y Claudio Carrera se presenta de viernes a domingo en el Centro Cultural San Ángel.

  • Hugo Hernández
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