A mi sobrina Elena, con amor y agradecimiento
LONDRES. Inglaterra. Desde un mes antes sabía que sería una sorpresa, así me lo anticipó; sin embargo, el anuncio se quedó cortó comparado con lo que viví la tarde del pasado jueves en esta milenaria ciudad.
El día arrancó con una visita guiada por la City, la parte más antigua de esta gran urbe, edificada por los romanos hace dos milenios, y que hoy es el centro financiero de la capital inglesa, que alberga no sólo el banco nacional, sino las oficinas de algunos de los corporativos más grandes del orbe.
Luego vino la experiencia de la Tate Modern, un sorprendente edificio (antigua central eléctrica), que alberga ahora uno de los museos de arte moderno y contemporáneo más importantes del mundo, en el que, por cierto, triunfa actualmente una exposición de Frida Khalo, para la que hay que reservar con mucha antelación, pues lo boletos están agotados. ¡Padrísimo!
Luego la obligada parada a comer, en un pub (bar-restaurante) a la orilla del río Tamesis (que divide materialmente la ciudad en dos), para disfrutar de uno de los platillos más comunes en este país: fish & chips (pescado capeado, acompañado de papas a la francesa). Aderezado por el ánimo de decenas de ingleses dispuestos a la fiesta, y que abarrotan estos lugares al salir de sus oficinas.
Y finalmente la sorpresa.
Caminamos por la orilla del río, y a un costado de Tate se ubica la “joya de la corona” de este viaje: ¡el teatro del Globo!
Construido originalmente en 1599 por la compañía teatral de William Shakespeare, los Lord Chamberlain's Men; el recinto fue destruido por completo el 29 de junio de 1613, durante una representación de “Enrique VIII”, cuando un cañón de utilería prendió fuego al techo de paja.
Fue reconstruido un año después, y funcionó hasta 1642, cuando los puritanos ordenaron el cierre de todos los teatros; y finalmente fue destruido nuevamente en 1666, durante el Gran incendio de Londres, que consumió el 80% de la City.
Esa tarde estuvimos (mi sobrina Elena y yo, la autora de la sorpresa) en la réplica actual de aquel mítico teatro, que abrió sus puertas en 1997 gracias al empeño del actor y director Sam Wanamaker
El maravilloso espacio se encuentra en el número 21 de New Globe Walk, a unos 230 metros del emplazamiento original.
En sus orígenes --hace 400 años-- el Globo tenía la sorprendente capacidad para 3 mil 500 personas; en la reconstrucción actual caben 1500: 800 sentadas y 700 de pie, al centro. Hoy todas ellas tienen una experiencia única en cada representación.
Para quienes lo deseen antes de la función se puede comer o tomar el té en el restaurante The Swan, nombrado así en honor del mismo dramaturgo, conocido como El cisne de Avon; luego, ya dentro de las instalaciones está la tienda en la que se encuentran toda clase de recuerdos, desde los típicos llaveros, pins y playeras, hasta libros, recetarios, carteles y un larguísimo etcétera. Y finalmente la representación.
Entrar a este recinto es como cruzar un portal al pasado. El teatro es una especie de ruedo, algo similar a nuestras plazas de toros, sólo que en el centro, en vez de la arena habitual, se encuentran el escenario --cargado hacia uno de los extremos--, y buena parte de lo que hoy sería la sala, únicamente que aquí el público permanece de pie. Alrededor --en lo que sería los tendidos--, hay tres niveles de bancas de madera, en las que el público restante se sienta, luego de haber pagado por el uso de un cojín.
El espacio mantiene la estructura abierta sin techo central y permite vivir las obras tal como se hacía en la época isabelina.
A nosotros nos tocó disfrutar (nunca mejor dicho) de “Much ado about nothing” (“Mucho ruido y pocas nueces”), que en el programa de mano agrega un breve pero más que atinado subtítulo: “!Qué empiece la batalla!”.
Ésta tiene --como otras de las comedias de Shakespeare— una trama que incluye enredos, disfraces, duelos, príncipes, duques, criados, que juntos entretejen un relato fascinante que divierte, emociona, atrapa, sorprende…
Como bien explica Michelle Terry, directora artística de la compañía, se seleccionó este texto –junto con otros tres de Shakespeare (“Sueño de una noche de verano”, “Como gustéis”, “Trabajos de amor perdidos”); uno de Bertold Brecht (“Madre coraje y sus hijos”) y el estreno de “Un mundo en otra parte”, de Kerry Frampton y Ben Hales—porque son obras que hablan del caos que se vivía cuando se estrenaron, y que hoy, desafortunadamente, sigue igual; y con “la esperanza de que estas piezas inspiren esperanza, coraje y quizá un cambio”.
Ver la respuesta del público, en un muy buen porcentaje integrado por jóvenes preparatorianos, es quizá la mejor respuesta a esta premisa. Sus risas, sus aplausos, su entusiasmo… son pruebas claras de que el mensaje estaba llegando a donde tenía que llegar.
Bravo a Chelsea Walker por la dirección de escena, cuyo nombre, por cierto, tuve que buscar con detenimiento, pues los créditos de toda la producción, están en orden alfabético de cargo. Más que justo, pues las decenas de personas que integran la compañía merecen igual reconocimiento.
Las 19 personas sobre el escenario (12 actores y 7 músicos) se nombran aparte. Todos soberbios, pero quiero citar a las dos cabezas de este montaje que realmente hacen un trabajo para el que los superlativos se quedan cortos: Pipa Nixon y Ken Nwosu. ¡Actorazos!
La noche acabó con un gran sabor de boca. Caminar por esas calles, sentir el ambiente isabelino, la vigencia de los textos, la esperanza puesta en los jóvenes, la maravilla del teatro…
Repito una frase que escribí hace algunos ayeres, y que mi amigo, el querido dramaturgo Luis Mario Moncada, me elogió mucho. ¡Gracias a la vida, que me ha dado teatro!