La teoría del todo

Arte, innovación y desafío tecnológico

Ida Vanesa Medina Padrón

El futuro del arte desde el rompimiento de las formas clásicas es un terreno sin fronteras que aún define sus reglas o que tal vez juega a la carencia de éstas como manifiesto. Tecnología y ciencia, ambas casillas complementarias e interconectadas, que por mucho tiempo en el imaginario colectivo se diferenciaban por cimentarse en la exactitud y el proceso, ahora son aliadas en un ejercicio casi Da Vinciano de transversalidad.

Agua ha corrido desde que se desafiaran los fundamentos estéticos y la sacralidad de los formatos, pero hay un elemento que no deja de estar en el ADN del arte: el planteamiento de preguntas. Preguntas y desafíos, más que respuestas. Un ejercicio de mayéutica constante que nunca acaba y que es el motor de la imaginación humana.

Los artistas de ahora sueñan con transgredir incluso las fronteras de lo que implica ser “humano”. Para muestra tenemos el activismo cyborg en Barcelona de tres exponentes: Manel de Aguas, Neil Harbison y Moon Ribas.

El primero como una estampa que semeja un Hermes, utiliza unas aletas para captar los cambios de clima y registrarlos como sonido. El segundo, y probablemente el más notorio del grupo, hace lo propio, pero con una antena, añadida a su cabeza desde hace más de una década, a través de la cual recibe las frecuencias de los colores. Mientras Moon, gracias a otro dispositivo, hace la interpretación de los movimientos telúricos para convertirlos en expresión performática.

Todos ellos pertenecientes a Cybor Arts y defensores de una nueva identidad que va más allá del uso de dispositivos y que invita a la integración con ellos en una especie de fusión de tecnología ambulante.

La propuesta de la mutación y diseño de sus sentidos ha causado revuelo y asombro, pero más allá de la admiración o el rechazo, sus experimentos juegan con lo más intrínseco de nuestra naturaleza, ¿Qué nos hace más o menos humanos? ¿Estamos ante las puertas del siguiente paso en nuestra evolución? Lo cierto es que es labor del arte atreverse y, en muchos casos, ser políticamente incorrecto.

Otros, como Refik Anadol, artista de nuevos medios, enfocan su exploración en las posibilidades del big data como pincel para crear. La inteligencia artificial es su asistente en el proceso y los resultados son proyecciones que dan vida a estructuras arquitectónicas. Patrones casi fractales que cuentan nuestra historia, la dibujan y la convierten en espectáculo a nuestros ojos.

Nery Oxman es otro ejemplo formidable de cómo desafiar fronteras, la arquitecta israelí lidera un equipo en el Instituto de Tecnología de Massachusetts (MIT). Su agenda incluye la investigación de propiedades de sustancias, computación, diseño, comportamiento de moléculas y la habitabilidad... la idea de habitar la naturaleza mientras la construimos.

Con más de 100 publicaciones científicas e inventos registrados, sus obras forman parte de las muestras permanentes de varios museos. Material Ecology da fe de ello, la exposición se exhibió en el MoMa el año pasado. Un repaso por las diferentes propuestas de Oxman a lo largo de su carrera, cuyo leit motiv es la búsqueda y la experimentación con posibilidades que parten de la sustentabilidad. Es innovación, es creación tecnológica a partir del arte y la ciencia como facetas continuas y fluidas del conocimiento.

Muchos argumentan que el arte ha muerto, muerto en el sentido en el que nos acompañó por varios siglos, y que esa ansia de futuro y la rapidez de nuestro mundo globalizado condicionan nuestro consumo cultural cada vez más caprichoso y aleatorio.

Lo cierto es que no tenemos garantizado nada, pero desde las primeras expresiones en las cuevas de Altamira hasta los vestigios que nos asomen estos tiempos, el arte sigue y probablemente seguirá siendo instrumento disruptor y herramienta para proponer caminos, acertados o errados, pero nuevas perspectivas para jugar y mantener fresca nuestra capacidad de asombro.

Ida Vanesa Medina


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