El 29 de mayo de 2003, con solo cinco meses en el poder, el ex líder sindical Lula da Silva afirmó al diario El País: “Si mi proyecto fracasa, fracasa todo el movimiento de izquierdas” en Sudamérica, habiendo sido él quien inauguró el ciclo de gobiernos izquierdistas democráticos en el área. Catorce años después, el mismo carismático Lula, hoy de 71, se enfrenta a la justicia acusado de ser parte del mayor escándalo de corrupción: la operación Lava Jato, que desde 2014 investiga el juez federal Sérgio Moro, con decenas de detenidos hasta hoy como parte de una red de corrupción en la empresa estatal Petrobras que habría desviado unos 8 mil millones de dólares en un esquema de sobornos por contratos. El “esquema” compromete a altos ejecutivos de Petrobras y también a diputados, senadores y políticos del lulista Partido de los Trabajadores (PT), en el poder aún en 2016 con Dilma Rousseff.
Lula, que concluyó su mandato en 2010 con 80% de aprobación por sus éxitos económico-sociales, testificó ayer ante el juez Moro en uno de los cinco juicios que se le siguen. Volvió a negar todos los cargos y adujo que es “un ensañamiento” ya que lidera todos los sondeos para las presidenciales de 2018 con 25% de intención de voto.