2019: el desequilibrio

  • Ekos
  • Javier García Bejos

Ciudad de México /

Desde 1988, la irrupción de la izquierda en la vida nacional se convirtió en el equilibrio de la política en el país. Empezando por el Frente Democrático Nacional, el PRD y luego MORENA, gobiernos emanados del PRI y el PAN encontraron siempre un bloque con el que debían de andar con cuidado.

La capacidad de aglutinamiento, protesta y sus efectos en la opinión pública eran temidos por los gobiernos; desde el Presidente Salinas hasta el Presidente Calderón, los mandatarios encontraron siempre un muro que generaba equilibrios, y a la postre instituciones que balancearon el ejercicio del poder.

Es innegable que la izquierda fue la gran impulsora del fortalecimiento de los organismos autónomos, como la CNDH o el IFE en su momento, que pugnaron por mayor transparencia y pluralidad en los distintos poderes, al grado tal, que no existió proceso de reforma en los últimos 30 años que no fuera matizado por la influencia de la agenda de la izquierda.

Quizás el Pacto por México, que al inicio de la administración del Presidente Peña Nieto encontró una agenda común de tránsito, fue el momento en que luego de muchos intentos destrabó las mil veces postergadas Reforma Energética y Educativa. La oposición de la izquierda, que encontró en el liderazgo del hoy Presidente López Obrador rumbo y agenda en el pasado, le hizo bien a México porque construyó posturas equilibradas y aseguró la inclusión de agendas más abiertas.

Contrario a ese pasado reciente, la crisis de los partidos políticos, todos, ha dejado al país viviendo con una mayoría construida por deseo de los votantes, sin los mínimos contrapesos.

Esto sucede no porque no existan, sino porque no aparecen, no tienen agenda y no han sido eficaces ni eficientes para ser una oposición constructiva como la que necesita toda democracia. Este defecto de la actualidad política mexicana es también un riesgo para quien gobierna desde la mayoría, porque no tiene que negociar ni matizar ni ceder; vamos, no tiene que desgastarse en la opinión pública para imponer su agenda. El riesgo está en que, en caso de fallar, la autoría intelectual inequívocamente caerá sobre el gobierno. Para la oposición y su errática agenda es aún peor: si el gobierno logra resultados serán solo un estorbo, pero si el gobierno falla, habrán sido cómplices por su inacción.

No se trata de vencedores ni vencidos. Se trata de equilibrios, de condiciones capaces de fortalecer y cuidar nuestras instituciones y de transitar de la política de las facciones a la política de los consensos. Se trata de no caminar en reversa, sino de ver hacia delante y no olvidar que la mejor política siempre es un acto de generosidad en donde mayorías y minorías construyen porvenir común. Por lo pronto, el Presidente ha anunciado una tregua; la oposición debería por lo menos contarnos a qué se van a dedicar en el 2020, porque en el 2019, no estuvieron.


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