La profesión de la política, en cualquier parte del mundo, se ha convertido en una tarea en la que mantenerse a flote durante el tránsito es complejo, pero hablar de un legado lo es todavía más. En unas horas, Barack Obama dejará de ser Presidente de los Estados Unidos de América, después de ocho años de mandato, y el balance está lleno de circunstancias y resultados difíciles de entender: la economía está en pleno empleo como hacía décadas no sucedía, pero gobernó un país en donde los acuerdos políticos con el congreso fueron permanentemente imposibles.
El ganador del Premio Nobel de la Paz regresó a Cuba, pero no logró contener el derramamiento de sangre en Siria y la creciente Inestabilidad de Medio Oriente; en su país, fueron muchos los momentos en que los ataques en universidades o sucesos como la brutal masacre en Orlando levantaron todas las alertas. Por un lado, Obama impulsó la agenda mundial del cambio climático y buscó a través de Obamacare fortalecer la seguridad social en Estados Unidos, mientras habló siempre de tolerancia y no discriminación, pero también hay que decir que fue implacable repatriando indocumentados.
Carismático y un orador extraordinario, hacía de cada aparición pública un momento de reflexión; siempre destacaron sus gestos, sus silencios, el lenguaje corporal, la expresión de sus manos y el contenido de sus discursos de lectura obligada. Su liderazgo se proyectó a través de una sencillez inigualable; a nadie sorprendió en los últimos meses los chistes, parodias y divertidas imágenes. Había llegado al final de su mandato, al parecer, sin tener cargos de conciencia. Sin escándalos, logró hacer de la congruencia una forma de hacer política.
A pesar de todo lo bueno y de haber sido el promotor más importante de la campaña electoral, el proyecto demócrata fue desplazado sorprendentemente por un Trump que es literalmente 180 grados opuesto a Obama. Se dice que se gobierna para ganar elecciones, y Obama perdió con Hillary.
Sin embargo, su legado queda y vale la pena reflexionar sobre una gran enseñanza que deja a la clase política de todo el mundo: gobernó con eficacia y sensibilidad, siempre de la mano de su esposa Michelle y comprometido con su familia con la que cenaba casi todos los días, educando a sus hijas que tendían su propia cama en la Casa Blanca. Amante del golf, construyó una complicidad que se volvió en fortaleza con Biden, tuvo un gabinete a prueba de balas y sí, fue el primer hombre negro en gobernar Estados Unidos.
A los Obama los recordará la historia por muchas razones. Yo los recordaré porque mostraron que en el ejercicio de la política, en el servicio público, se puede ser quien eres siempre cuando haces lo que dices que harás. En su discurso de despedida, Barack dijo algo que no tiene desperdicio: si no están conformes con el gobierno que tienen ni con nada de lo que pasa, postúlense ustedes. Así de fácil. Así de simple. Adiós a los Obama, creo que todo el mundo los va a extrañar.