La invitación ya tiene respuesta. Mark Carney aceptó explorar la propuesta de Ursula von der Leyen para que Canadá se convierta en el primer “miembro asociado” de la Unión Europea. No significa que Ottawa vaya a convertirse en el miembro 28 del bloque: esa figura ni siquiera existe actualmente en los tratados europeos y sus alcances tendrán que negociarse. Pero políticamente el mensaje es difícil de ignorar. Canadá quiere llevar su relación con Europa mucho más allá del comercio.
Donald Trump tampoco lo ignoró. El presidente estadounidense calificó la iniciativa de “ridícula” y amenazó con imponer fuertes aranceles si considera que constituye un acto hostil contra Estados Unidos. La reacción resulta paradójica: Canadá no está ingresando a una alianza enemiga ni rompiendo relaciones con Washington. Simplemente está buscando reducir una dependencia que, durante décadas, parecía más una ventaja que una vulnerabilidad.
Ahí está la verdadera dimensión del movimiento.
Canadá continúa profundamente integrado a la economía estadounidense y ningún acuerdo con Bruselas podrá sustituir esa relación en el corto plazo. Lo que Carney busca es diversificar. Su propuesta incluye cooperación con Europa en defensa, energía, minerales críticos, inteligencia artificial, investigación, finanzas y movilidad. Canadá ya se convirtió, además, en el primer país no europeo en incorporarse al mecanismo SAFE de compras conjuntas de defensa.
No se trata, por tanto, de cambiar Washington por Bruselas, sino de evitar que las decisiones de un solo gobierno extranjero puedan poner contra las cuerdas a la economía canadiense.
Y en buena medida Trump ha acelerado ese proceso. Sus amenazas arancelarias y su insistencia en hablar de Canadá como el posible “estado 51” han introducido una incertidumbre inédita en una de las relaciones bilaterales más estrechas del mundo. La política exterior transaccional de la actual administración está enseñando a sus propios aliados una lección incómoda: depender demasiado de Estados Unidos también representa un riesgo.
Aquí aparece una de las grandes contradicciones de America First. Washington lleva años exigiendo a Europa y Canadá que gasten más en defensa, fortalezcan sus cadenas de suministro y asuman mayores responsabilidades. Pero cuando comienzan a construir autonomía entre ellos, la Casa Blanca amenaza con castigarlos.
El resultado puede ser exactamente el contrario del buscado.
Después de 1945, Estados Unidos construyó su hegemonía no solamente sobre su enorme poder militar y económico, sino sobre algo mucho más difícil de conseguir: confianza. Europa occidental, Canadá, Japón o Corea del Sur aceptaron una profunda interdependencia con Washington porque Estados Unidos era percibido como un socio relativamente estable y previsible. Esa percepción se ha deteriorado. Las encuestas internacionales de Pew han registrado una caída de la confianza en Estados Unidos y, particularmente, en Trump entre numerosos aliados tradicionales.
Eso no significa que Estados Unidos esté dejando de ser una superpotencia. Su economía, mercados financieros, universidades, empresas tecnológicas y poder militar continúan otorgándole una posición excepcional. Europa sigue dependiendo además de capacidades estadounidenses fundamentales para su seguridad.
Pero poder y liderazgo no son exactamente lo mismo.
Una potencia puede conseguir obediencia mediante aranceles, amenazas y presión económica. Un líder consigue que otros países consideren conveniente permanecer a su lado. Si cada desacuerdo con Washington puede convertirse en una amenaza comercial, diversificar relaciones deja de ser una declaración ideológica y empieza a parecer una póliza de seguro.
Tampoco conviene idealizar la propuesta europea. La UE deberá inventar prácticamente desde cero esta categoría de asociación, conciliar los intereses de sus 27 miembros y decidir hasta dónde permitirá participar a Canadá en sus instituciones y programas sin concederle los derechos de un Estado miembro. El proyecto podría terminar siendo mucho menos ambicioso de lo que sugiere el anuncio inicial.
Pero incluso entonces habrá dejado una imagen poderosa.
Canadá, uno de los aliados más cercanos que Estados Unidos ha tenido durante más de un siglo, está dispuesto a explorar una integración económica y estratégica sin precedentes con Europa. Y otras potencias medias —Australia, Japón, Corea del Sur o Nueva Zelanda— estarán observando qué tan lejos puede llegar ese experimento.
Trump puede responder con más aranceles. Pero cada amenaza aporta un argumento adicional a quienes sostienen que depender demasiado de Washington dejó de ser prudente.
Canadá no está abandonando Estados Unidos. Está haciendo algo quizá más significativo: comenzar a imaginar un futuro en el que depender de él ya no sea inevitable.