El espejo opaco

  • Ekos
  • Javier García Bejos

Ciudad de México /

Martin Luther King decía que “tu verdad aumentará en la medida en la que sepas escuchar la verdad de los otros”. Tras de esa frase, está una parte importante de la esencia de la política: evitar el enfrentamiento y la polarización depende de mantener un ánimo abierto y una disposición permanente a la crítica, a quienes disienten, a las minorías, a los que no están de acuerdo y a quienes reclaman, incluso hasta soportar a los que amenazan con la ruptura.

La política y sus instituciones son básicamente un invento de los hombres para encontrar equilibrios artificiales en un mundo en donde la unanimidad no existe, ni debe existir. La transformación de la sociedad a lo largo de la historia está ligada a esos desequilibrios, cuando aparentemente el camino de la ruptura es el del nacimiento de nuevos acuerdos y formas. La clave de esa evolución está en la tolerancia, ese valor de la política que está secuestrada por la inmediatez de la crítica que se esparce en la opinión pública y genera tendencias en segundos.

Tener la piel gruesa, estar blindado, es una condición crucial en nuestros días, si donde hay que estar sentado es en donde se toman las decisiones que cambian la vida de la gente. La tolerancia del que gobierna es hoy condición primordial para sobrevivir las turbulentas aguas de la administración de un país; en todo el mundo, el común denominador de la política actual es que, además, al parecer la democracia ya no es suficiente. Ya no basta con elegir, por ende, la participación del ciudadano asfixia la vida pública y vuelve al político presa de los peores miedos: la impopularidad, la irrelevancia, o peor, la incapacidad para generar consensos.

El futuro de la democracia pasa por una simple reflexión: en una empresa, quien designa a un directivo lo puede remover, por lo que en la democracia moderna debería pasar lo mismo si no se cumplen objetivos. Es necesario poder poner fin a la gestión de un servidor público, antes de su propio Apocalipsis. Lo cierto es que la verdad de los otros, la de los ciudadanos, parece tomar cada vez más fuerza en lo cotidiano; su participación crecerá aún más y, por ende, no habrá en el futuro posibilidad de evitar lo que sigue, antes de que las rupturas sean tan costosas.

Si el cristal en el que la sociedad se mira a sí misma es opaco, si empieza a esconder la virtud natural de las divergencias con luces al final del camino y comienza a ser tan difuso que no refleja en él las naturales aspiraciones colectivas del futuro, entonces es momento de pensar que, como todo en el mundo que se ha transformado vertiginosamente, quizá sea momento para que la política se enfrente a su más grande miedo: evolucionar. La democracia liberal no puede ser rehén del fanatismo ni del populismo. La democracia liberal debe abrirse paso hacia el futuro como la mejor fórmula posible, con nuevas adiciones que atiendan esta realidad que todos los días nos abruma: vivir la arena de las divergencias y el enfrentamiento no sirve para nada, siempre hay algo mejor.


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