Estados Unidos contra Canadá: ganar perdiendo

  • Ekos
  • Javier García Bejos

Estado de México /
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Durante décadas, la relación entre Estados Unidos y Canadá fue uno de los ejemplos más exitosos de integración económica. Automóviles, acero, aluminio, petróleo, madera y miles de componentes cruzan una frontera que, económicamente hablando, muchas veces parecía existir sólo en los mapas.

Donald Trump está empeñado en recordarnos que las fronteras siguen ahí.

La nueva escalada comercial entre Washington y Ottawa resulta particularmente absurda porque no ocurre entre dos economías rivales, sino entre dos países que llevan décadas construyendo cadenas productivas comunes. Estados Unidos ha recurrido nuevamente a los aranceles para presionar a Canadá y Ottawa ha respondido anunciando represalias sobre productos estadounidenses.

Ambos gobiernos aseguran estar defendiendo a sus trabajadores. Pero hay una pregunta incómoda: ¿de quién exactamente se están defendiendo?

La lógica económica del trumpismo parte de una idea extraordinariamente sencilla y políticamente efectiva: si Estados Unidos compra más de lo que vende a determinado país, alguien está estafando a Estados Unidos.

El problema es que una balanza comercial no funciona como la cuenta del bar. Tener déficit comercial con otro país no significa automáticamente estar perdiendo dinero. En el caso canadiense la contradicción resulta todavía más evidente: una parte importante del déficit estadounidense de mercancías se explica por las enormes cantidades de energía que Estados Unidos compra a su vecino.

Pero Trump ha convertido el arancel en algo mucho más importante que un instrumento comercial: lo ha convertido en un mecanismo de coerción.

Y ahí aparece el verdadero riesgo para Estados Unidos.

El mensaje que Washington está enviando al mundo es que incluso los acuerdos comerciales pueden dejar de ofrecer certidumbre cuando la Casa Blanca considera que posee suficiente poder para renegociarlos mediante amenazas económicas. Canadá conoce particularmente bien esa contradicción: el T-MEC, que Trump ahora considera insuficiente para resolver sus diferencias comerciales, fue negociado durante su primer gobierno.

Ottawa también tiene que reconocer su propia vulnerabilidad. Durante décadas construyó buena parte de su prosperidad alrededor de una premisa razonable: Estados Unidos seguiría siendo un mercado abierto y relativamente predecible.

Funcionó extraordinariamente bien. Hasta que dejó de hacerlo.

La confrontación está obligando a Canadá a plantearse algo que durante años parecía innecesario: reducir su dependencia del mercado estadounidense. El ejemplo energético es revelador. Alrededor de 90% de sus exportaciones petroleras siguen teniendo como destino Estados Unidos. Si Washington deja de ser percibido como un socio confiable, Canadá tendrá mayores incentivos para desarrollar infraestructura, acuerdos comerciales y rutas que le permitan colocar una mayor proporción de sus productos en Europa y Asia.

Ése podría terminar siendo uno de los efectos más contraproducentes de la política de Trump.

Una relación construida sobre confianza permite reducir costos y profundizar la integración. Una relación construida sobre amenazas obliga a diversificar riesgos.

Canadá tampoco saldrá ileso. Los aranceles de represalia pueden ser políticamente comprensibles, pero siguen siendo impuestos que terminan afectando a empresas y consumidores canadienses. Ésa es precisamente la parte que suele desaparecer del discurso nacionalista sobre las guerras comerciales: cada gobierno asegura estar castigando al otro cuando, en realidad, ambos están introduciendo arena en los engranajes de cadenas productivas que tardaron décadas en construirse.

El caso automotriz resulta especialmente ilustrativo. Un vehículo producido en Norteamérica puede incorporar piezas que cruzaron varias veces las fronteras de Estados Unidos, Canadá y México antes de llegar al concesionario. Intentar separar semejante sistema en economías nacionales perfectamente delimitadas pertenece más a la imaginación política del siglo XX que a la realidad industrial del XXI.

Ahí está la gran contradicción de “America First”: para proteger a la industria estadounidense hay que encarecer algunos de los insumos que utiliza la industria estadounidense; para defender al consumidor hay que gravar productos que compra el consumidor; y para fortalecer a Estados Unidos hay que convencer a sus aliados de que necesitan depender menos de Estados Unidos.

Canadá difícilmente puede ser presentado como una amenaza estratégica. Es aliado militar, proveedor energético, socio comercial y parte fundamental de la economía norteamericana. Si incluso un país con semejante relación puede ser tratado como adversario cuando una negociación no satisface a Washington, otros aliados inevitablemente tomarán nota.

México, por cierto, debería hacerlo también.

Porque el verdadero costo de una política comercial basada permanentemente en demostrar quién tiene la sartén por el mango quizá no aparezca inmediatamente en las estadísticas. Aparecerá cuando otros países decidan buscar nuevos mercados, nuevos proveedores, nuevas rutas y nuevos socios.

Durante casi ochenta años, una de las mayores fuentes del poder estadounidense consistió precisamente en haber construido un sistema en el que buena parte del mundo consideraba conveniente comerciar, invertir y construir cadenas productivas alrededor de Estados Unidos.

Eso también era poder.

Canadá sobrevivirá a esta guerra comercial. Estados Unidos también. La pregunta importante es qué habrá aprendido Ottawa cuando termine.

Porque si la conclusión es que nunca más debe depender tanto de la buena voluntad de Washington, Trump podrá declarar otra victoria.

Y Estados Unidos habrá perdido algo bastante más valioso que una negociación comercial. Y creo que ya lo está perdiendo, la confianza.


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