Durante la semana pasada tuve el gusto de asistir, invitado por el gobierno de los Emiratos Árabes Unidos, a la Cumbre Mundial de Gobierno 2018, en donde cuatro mil representantes de más de 140 países se dieron cita para intercambiar puntos de vista sobre lo que significa gobernar en nuestros días. En particular, se presentaron los retos cotidianos que enfrentan los gobiernos para atender mejor las necesidades de los ciudadanos, teniendo como común denominador el uso de datos, la inteligencia artificial y la tecnología para mejorar el desempeño del sector público.
La cumbre se celebró en un país que se distingue por ser un actor disruptor, que se refleja en su capacidad de innovación; en los Emiratos, la sustentabilidad energética e hidráulica y los conceptos de las ciudades inteligentes, particularmente, dictan las políticas públicas. En su gobierno hay un Ministerio del 2071, encargado de trazar la ruta del futuro, y hasta un Ministerio de la Felicidad. Afortunadamente, tuve la oportunidad de reunirme con la ministra encargada de esta singular tarea. El concepto central es sencillo; todo lo que hace el gobierno, sus leyes e instituciones, las inversiones públicas y los programas sociales deben alinearse al objetivo que es reconocer que el fin último en la vida de las personas, más allá de prosperar, es ser felices. Esto significa tener la oportunidad de desarrollar plenas capacidades y de cuidar el entorno y la calidad de vida, partiendo del hecho que las ciudades deben ser la cuna de la convivencia de las personas.
Para alcanzar estas metas, las políticas públicas tienen un diseño en el que el ciudadano es la parte central de todos los esfuerzos; no debe existir servicio público que no sea brindado con excelencia, desde la educación y la salud, hasta el transporte masivo y los servicios básicos como agua, luz y recolección de basura. Del mismo modo, la infraestructura que se desarrolla debe ser capaz de sorprender a la gente, buscar que amen y cuiden su ciudad y que los espacios públicos sean incluyentes y suficientes, con accesibilidad plena para cualquier ciudadano sin importar su condición social.
Finalmente, el modelo de desarrollo en los Emiratos, cuya población se constituye en un 70 % por inmigrantes de países vecinos, parte del hecho que todo mundo debe tener un trabajo bien remunerado con plenos derechos. Para lograr la sana convivencia en un país multicultural, multirracial y multireligioso, tienen también el Ministerio de la Tolerancia, encargado de lograr equilibrios que permitan a todo mundo tener espacios de libertades y desarrollo. Dubái, por ejemplo, una de las ciudades más civilizadas del mundo, al acabarse sus reservas de gas y petróleo construyeron un modelo de desarrollo orientado al turismo, que en pocos años ha logrado llevar a millones de personas a ser testigos de obras y atracciones que generan crecimiento y prosperidad.
Cada país tiene su camino y tiene su potencial, pero la visión del futuro y el esfuerzo por encontrar en la felicidad un eje de gobierno es una enseñanza que debiéramos de tener en cuenta en nuestro país. A veces, parece detenido en la tentación permanente de ver hacia atrás, cuando en muchos lugares del mundo, el futuro es presente y la felicidad y su búsqueda, ha dejado de ser utopía para convertirse en obra de gobierno.