George

  • Ekos
  • Javier García Bejos

Ciudad de México /

Casi nueve minutos duró la rodilla del policía apretando la tráquea, entre sollozos y gritos de auxilio, del policía que sin razón decidió asesinar a George Floyd, quien, esposado y desarmado, murió para comprobar en todo el mundo que las cosas no van bien. Nueve minutos en donde todo el peso del racismo que no acaba nunca, ha despertado una ola extendida de protestas en los Estados Unidos, que refleja la profunda crisis que vive la potencia sin brújula. El asesinato de George recuerda las palabras de Martin Luther King, quien decía que una injusticia en donde sea se convierte en una amenaza a la justicia en todos lados, y quizás por ello hemos atestiguado las reacciones mundiales a la pavorosa escena.

En Estados Unidos, las semanas recientes son el prólogo de lo que viene: más de 100 mil muertos, 40 millones de desempleados y violentas protestas en muchas ciudades. Nuestro vecino del norte está pasando una tormenta perfecta que tiene como protagonista principal a Trump, quien en los últimos días peleó con Twitter, abandonó a la OMS, jugó golf y continúa polarizando el ambiente político rumbo a la elección. La realidad es que algo pasó en Estados Unidos; sencillamente no pudieron enfrentar con éxito la pandemia, y ahora, ese virus permanente que es el racismo, irrumpe con fuerza en el lastimado estado de ánimo de los americanos.

George salió de Houston para ir a vivir a Minneapolis buscando nuevas oportunidades. Amante del básquetbol y el rap, con sus casi dos metros de altura y calificado como un padre amoroso, no pudo sino conseguir empleo como encargado de seguridad en un restaurante-bar. Ser negro bastó para convertirlo en sospechoso de un delito menor, falsificación en una tienda de conveniencia, y suficiente para ser asesinado delante de todos.

Como el de George, los delitos por racismo, la discriminación rampante y la difícil estampida de delitos de odio, empañan los innumerables discursos que se pronuncian incansablemente a lo largo del mundo, como si las buenas intenciones bastaran y como si a las palabras no se las estuviera llevando el viento de la realidad. Esa realidad es que el racismo y la discriminación son la gran amenaza al equilibrio social de nuestros tiempos. Debemos reconocer que detrás de los actos racistas, están leyes y ordenamientos que no cierran el paso a la discriminación y gobiernos que no atinan a generar espacios de mayor equidad para todos.

La intolerancia racial va de a poco transformándose en una ruptura que asfixia el funcionamiento de las sociedades y destruye la confianza necesaria para que las personas puedan convivir en paz. En el ejercicio de la libertad y la democracia, la tolerancia es un pilar fundamental para construir pactos sociales que defiendan los derechos de las minorías, con el mismo vigor que las mayorías establecen condiciones para la convivencia. En el siglo XXI, no hay mayor afrenta al futuro que la falta de entendimiento entre unos y otros. Quizás las palabras de Maya Angelou nos den un parámetro que deberíamos recordar todo el tiempo: el odio ha causado muchos problemas en el mundo, pero no ha resuelto ninguno. La muerte de George, afortunadamente, no pasará en vano.

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