Nací en 1976.
El petróleo comenzaba a inundar las arcas del país, y súbitamente, había que administrar la abundancia.
El nuevo milagro mexicano, acompañado del despilfarro, derivó rumbo al principio de los ochenta en una crisis de proporciones hasta entonces desconocidas; la inflación, el déficit, la nacionalización de la banca e industria, y el repentino desempleo a la sombra de una economía cerrada, causaron estragos.
Algunos de estos eventos forman parte de mis primeros recuerdos, cuando el esfuerzo de una familia se veía reducido a nada; bancos y empresas quebradas, con devaluaciones alertadas por mentirosas arengas para defender al peso como un perro.
México se desinflaba y los ochenta transcurrieron entre la zozobra: las ruinas del temblor, la efímera fiesta del mundial y el 88 que marcó un punto de inflexión, política y socialmente.
Desde entonces, construimos un país que aprendió a ver, en el espejo de la ortodoxia económica, un camino menos riesgoso.
En lo político, la democracia y la alternancia se abrieron espacio, y todos los mexicanos, a pesar de momentos difíciles en el 95, sentíamos en el fondo que lo que nos había pasado era mejor de lo que pasaba en otros países de la región.
Había tensión, pero no rupturas.
Teníamos discrepancias, pero respeto a la convivencia pacífica; calenturas políticas pero ciudadanos cada vez más empoderados.
Los mexicanos habíamos superado las tentaciones de los virajes absurdos con gran madurez, y hasta en el 2006, entendimos que en democracia se pierde y se gana por un voto.
Ahora, en este 2018, serán millones los jóvenes que van a ir a votar, que no vivieron esta reinvención del México actual y que lo único que escuchan es la frivolidad con la que hoy el país se ve en el espejo de sí mismo: una de las economías más grandes, abiertas y dinámicas, que más generan empleo es, de acuerdo al pesimismo colectivo, un país en crisis permanente, vocablo socorrido para explicar cualquier circunstancia nacional.
En el espejo, muchos quieren ver un México dividido y derrotado.
Escuchan a lo lejos la fácil retórica populista de las soluciones mágicas, y soportan el bombardeo de nuestro hoy complejo sistema democrático.
Todos deberíamos, cuando menos, hacer el justo ejercicio de escuchar propuestas para construir un país incluyente y próspero, en unidad y en paz.
Pareciera que el reto de nuestros días es estirar la liga, romper de plano nuestra capacidad de estar tejiendo soluciones y en cambio, escuchar discursos que evitan mirar al futuro.
Lo que decidimos en el 2018 tiene que ver simplemente con eso: mirar hacia atrás para solucionar viejos problemas o ver hacia adelante y enfrentar los dolores que aquejan al país, a partir de las ganas de convertir a México en una potencia.
Por ejemplo, me cuesta trabajo tan solo pensar en la posibilidad de abandonar la reforma educativa, que significa la oportunidad de salir adelante para millones de niños y jóvenes, quienes desde la escuela pública deben ser competitivos; no entiendo cómo se rechazan 80 mil millones de dólares en inversión en el sector energético, que el nuevo modelo permite, o de plano, solo porque sí, detener la obra del nuevo aeropuerto.
No me imagino el México de las revanchas, en el que los argumentos sean llamar a hacer una constitución moral, cuando lo que necesitamos es hacer cumplir la Constitución que tenemos y hacer del Estado de Derecho el único camino para enderezar lo que está fallando.
Sí, siendo autocríticos, tenemos grandes pendientes; la seguridad, la impunidad y la corrupción nos han rebasado en muchos sentidos, pero eso no quiere decir que debamos destruir todo.
Hay que ver a México como es, una potencia económica, un jugador global con capacidad de dar en los próximos años el gran salto al futuro.
Depende de nosotros saber si vamos para adelante o regresamos allí, a donde ya hemos estado, y lo único qué pasó es que nos quedamos pasmados viendo cómo se nos iba el futuro.
Que no nos pase de nuevo.
@jgarciabejos