Como se esperaba, los datos publicados por el INEGI durante la semana confirmaron la magnitud de la debacle generada por la pandemia: el Producto Interno Bruto nacional tuvo una caída del 18.7 por ciento a tasa anual durante el segundo trimestre de este fatídico 2020. Esta fue la caída más grave en la actividad económica en la historia de nuestro país, ya que en abril y mayo vivimos el confinamiento más estricto y la mayoría de los sectores sufrieron cierres a sus actividades. Ante este panorama, precedido por un de por sí aletargado desempeño durante los últimos dos años, exige que las y los mexicanos nos pongamos las pilas para no sufrir una recesión que pudiera estar con nosotros en la siguiente década.
No podemos tapar el sol con un dedo. La polarización política y social debe ser revertida si aspiramos a salir del problema en el que estamos, y eso transita necesariamente por un entendimiento explícito entre el gobierno, en sus órdenes, y la Iniciativa Privada. Las asociaciones público-privadas son hoy, sin duda, nuestra mejor apuesta por inyectar capital a los sectores y regiones que están en el estancamiento, compartir riesgo entre actores diversos y tejer esa confianza que tanta falta hace desde hace algunos meses en el escenario público nacional.
Estas sinergias han sido y deben ser la guía para que, con resultados y no con ideologías de cualquier índole, empecemos a recibir buenas noticias en aquellos rubros que son prioritarios para el desarrollo nacional. Más allá de las grandes obras de infraestructura, que detonan crecimiento y oportunidades a largo plazo, requerimos un gran pacto que nos una en lo fundamental: salud, alimentación, servicios públicos, comunicaciones y transporte. Ahí en donde necesitamos certeza en el día a día, las complementariedades entre los sectores público y privado pueden ser la clave para llegar a todos los mexicanos, sobre todo los más vulnerables.
En México hemos sido testigos de lo que se puede hacer en momentos de crisis, cuando dejamos a un lado filias y fobias políticas o ideológicas y nos ponemos a trabajar por un objetivo común. Ahí tenemos la generosidad después de los sismos de hace tres años, y las diversas obras y proyectos urbanos que se han hecho realidad gracias a la cooperación y no a la mezquindad. Ya no podemos seguir pensando en “los malos contra los buenos”, o “nosotros contra ellos”; si algo debe dejar la pandemia es que la política tribal y el enfrentamiento social, lejos de construir o trazar soluciones, solo evidencia esas fallas que hacen imposible la mínima convivencia social y el avanzar hacia el bien de todos, y como ejemplo tenemos a nuestro vecino del norte.
Recientemente leí que algunos bancos e instituciones de inversión pronostican que tardaremos cuatro años en levantarnos a niveles de producción similares a los de 2019. No sé ustedes, pero yo no creo que México esté para esperar a que la inercia nos lleve por la incertidumbre: necesitamos acción, generosidad y unión hoy, porque mañana será demasiado tarde. Solo haciendo equipo, viendo lo que nos une y no lo que nos contrasta, podremos salir del momento más oscuro de nuestra historia contemporánea.