El Estado de México es un mosaico de ciudades, en donde casi 20 millones de mexicanos viven; a diario, el reto más grande que enfrentan es el de la movilidad. En un estado con la infraestructura vial que tenemos, brilla por su ausencia el transporte masivo, que durante décadas ha sido monopolizado por cientos de miles de camiones y combis. Salvo algunos corredores de Mexibus, y las líneas A y B del metro de la Ciudad de México que llegan a territorio mexiquense, tienen a su cargo transportar a millones, todos los días, en las peores condiciones posibles.
Si bien el reto de la movilidad es importante en un estado geográficamente complejo, con distintos polos de desarrollo e interacciones regionales, me parece que condenar a los mexiquenses a invertir más de 4 horas diarias en transportarse para ir a trabajar, constituye uno de los más graves problemas de productividad en la región del centro del país. Además, es causante del desgaste del tejido social y familiar. Desde Neza, Ecatepec o Tecámac, hasta San Mateo Atenco o Zumpango, trabajar en la Ciudad de México o trasladarse a la zona industrial del Valle de México es una colosal aventura de transbordos, tráfico, costos e ineficiencias.
Nada ilustra mejor esta situación que llegar a la Terminal Multimodal de Ciudad Azteca. Llegas en la línea B a la estación, y si tu viaje continúa el mejor escenario es abordar el Mexibus, pero si no estás condenado a un viaje en ancestrales combis que representan la forma más ineficiente posible para movilizar a millones de personas. Por eso es inaudito que un estado con la población que tenemos, con la capacidad de nuestra economía y con la interacción con la Ciudad de México, tenga colosales vialidades que solo resuelven la movilidad del que tiene vehículo propio.
Es absurdo que no corran autobuses articulados en carriles confinados en la zona de Metepec y Toluca o sobre el Circuito Interior Mexiquense, que la obra del tren México-Toluca siga pendiente y que los alimentadores desperdicien la capacidad del suburbano. No es posible que el oriente del estado no tenga metro suficiente o que el Valle de México esté condenado a un estado permanente de tráfico. La movilidad del Estado de México ha sido secuestrada desde hace décadas por los transportistas que son dueños no solamente de las calles, sino de millones de horas que gastan los ciudadanos en un sistema de transporte desarticulado y profundamente lamentable, ineficiente y contaminante.
Si algo debería estar en la agenda estatal es superar las visiones sexenales de planeación en materia de transporte masivo, y abrir paso a la generación de una solución moderna y sustentable para los próximos 50 años. El Estado de México merece seguir siendo el corazón económico del país; para atraer inversión y generar empleos en el futuro, elevar la calidad de vida de las personas y reembolsar millones de horas hombre desperdiciadas en un antiguo concepto de movilidad, como el que tenemos, no hay más camino que convertir nuestros miles de kilómetros de vialidades en nuevos corredores que formen una verdadera red. Vivir y trabajar en el centro del país debe seguir siendo la mejor oportunidad de porvenir y bienestar.