Antes del silbatazo inicial, la Copa del Mundo de 2026 parecía destinada a convertirse en un producto demasiado grande para emocionar. Tres países anfitriones, 48 selecciones, un calendario interminable y una FIFA obsesionada con romper récords comerciales hacían pensar que el torneo sacrificaría parte de su esencia en nombre del negocio. Un mes después, el balance es más complejo. El Mundial confirmó muchos de sus defectos, pero también demostró que el fútbol sigue teniendo una capacidad extraordinaria para imponerse incluso a las decisiones de quienes lo administran.
En lo deportivo, el experimento funcionó mejor de lo esperado. La ampliación del torneo permitió la aparición de selecciones que difícilmente habrían tenido cabida en el formato anterior y varias de ellas no llegaron únicamente a participar, sino a competir de verdad. Marruecos confirmó que su éxito de 2022 no fue una casualidad; Noruega se consolidó como una de las revelaciones del campeonato; Paraguay volvió a demostrar que el orden táctico puede compensar diferencias de talento, y Cabo Verde terminó por convertirse en uno de esos equipos que cualquier aficionado recordará durante años.
Al mismo tiempo, varias potencias entendieron que el prestigio histórico ya no alcanza para ganar partidos. Alemania volvió a quedarse corta, Brasil confirmó una preocupante falta de contundencia en las fases decisivas y Estados Unidos, pese a ser anfitrión, volvió a demostrar que organizar un Mundial no equivale a convertirse en potencia futbolística.
También fue un torneo que confirmó una tendencia del fútbol contemporáneo: la reducción de las distancias entre selecciones. Cada vez existen menos rivales "fáciles" y más partidos definidos por pequeños detalles, una buena estrategia o un error arbitral. Para el espectáculo, eso es una excelente noticia.
Sin embargo, fuera de la cancha el balance resulta mucho menos entusiasta.
La FIFA volvió a privilegiar el espectáculo corporativo sobre la experiencia del aficionado. Los precios de los boletos alcanzaron niveles prohibitivos para buena parte del público local, las zonas comerciales crecieron más rápido que los espacios populares y la sensación de que el Mundial pertenece cada vez más a patrocinadores y clientes VIP que a los aficionados tradicionales volvió a hacerse evidente.
La organización compartida entre México, Estados Unidos y Canadá ofreció ventajas logísticas, pero también dejó una identidad difusa. Ningún país terminó de apropiarse completamente del torneo. Estados Unidos aportó infraestructura y capacidad económica; Canadá, eficiencia organizativa; México, probablemente, el ambiente más auténticamente futbolero. Paradójicamente, fue este último el que tuvo una participación deportiva más breve entre los anfitriones.
En el caso mexicano, el Mundial dejó sentimientos encontrados. La organización evitó el desastre que algunos pronosticaban, pero tampoco logró proyectar la imagen de país que muchos esperaban. Problemas de movilidad, elevados costos, desigualdad en la distribución de beneficios económicos y una percepción de improvisación en algunos aspectos contrastaron con la hospitalidad de millones de aficionados que volvieron a demostrar por qué México sigue siendo una de las grandes sedes naturales del fútbol mundial.
Quizá la mayor enseñanza del torneo sea que el fútbol continúa resistiendo a su propia mercantilización. La FIFA puede aumentar el número de selecciones, multiplicar patrocinadores, inventar nuevos formatos y convertir cada partido en una plataforma comercial, pero sigue siendo incapaz de controlar aquello que hace grande a una Copa del Mundo: la posibilidad de que una selección pequeña elimine a una potencia, que una ciudad se paralice por un gol o que millones de personas compartan, durante unas horas, una misma emoción.
Este Mundial fue más largo, más caro y más comercial que cualquiera de sus predecesores. Pero también volvió a demostrar que, mientras el balón siga rodando, el fútbol conserva una capacidad casi única para producir historias que ningún departamento de marketing podría diseñar. Y quizá esa sea, precisamente, la mejor noticia que deja esta Copa del Mundo.