La muerte es un destino inevitable, es parte del ciclo natural de cualquier especie en este planeta, todos lo sabemos y cada cultura la asimila, la vive y genera puentes diversos de comunicación con ella. Los seres humanos dialogamos con la muerte casi desde que cobramos conciencia de nosotros mismos, es un tópico que nos persigue hasta el final de nuestros días, cuando toca el turno de verle la cara.
Y esto me resulta interesante. Nuestra existencia está plagada de interrogantes, la muerte quizá es uno de los mayores misterios de nuestra especie… o quizá no lo sea, simplemente morimos y punto. Pero los seres humanos nos negamos a eso. Nos rehusamos a creer que nuestro paso por la vida carece de cualquier tipo de trascendencia ulterior y de la misma manera nos cuesta resignarnos a la idea de que tarde o temprano, pereceremos así como lo harán quienes nos rodean.
La forma en que afrontamos la pérdida, con rituales, ceremonias y mitos, da fe de nuestra esencia como especie y de nuestras reticencias emocionales para asimilar nuestra fugacidad. El recuerdo permanente de aquellos que ya no están con nosotros es un hábito que nos reconforta, que nos auxilia en la pérdida: por más racional que pueda llegar a ser la especie humana, esta no puede eludir su parte emocional, y desde luego, no hay razón para hacerlo.
El Día de Muertos es especial por eso. Porque nos reconecta con esa parte vital de nuestra existencia que, irónicamente, es la muerte. Ese ritual prehispánico en el que una noche, una vez al año, montamos una ofrenda para los que se fueron, es justo el contrargumento para la suposición de que no hay trascendencia ulterior.
Son esta clase de prácticas y costumbres las que le dan sentido al tránsito de los humanos por este plano. Nos ayudan a conciliar nuestros vacíos, a soportar el dolor, a recordar a quienes amamos. Nos une con los otros, en la colectividad y en la conciencia y el reconocimiento de lo que somos todos, seres susceptibles a la extinción.
El Día de Muertos, como muchas otras fiestas alrededor del mundo dan cuenta de ello, son testimonio de ese sentimiento inherente a nuestra especie, de esa necesidad de mantener un vínculo, una conversación permanente con la muerte y con los que forman parte de ella.
Javier García Bejos