Siempre he admirado a los atletas mexicanos. Su esfuerzo y determinación es casi completamente suyo y de sus familias y entrenadores. Sin embargo, cuando llega el éxito, resulta que las medallas son de todos y se construye una narrativa de orgullo nacional, por el lado opuesto, cuando los atletas pierden, en algunas ocasiones los reclamos y las quejas llegan en avalancha, y muchas veces el principal culpable es el deportista, revelando así una completa ignorancia de lo que sucede tras bambalinas.
Lo que es inaceptable luego de unos juegos olímpicos, es seguir viendo el rotundo fracaso de la política publica deportiva de México, no de ahora, de siempre. Hundidos en el final del medallero, un país de 130 millones de personas, con una de las economías más grandes del planeta, debería abrir un espacio serio de reflexión y evaluación porque algo estamos haciendo mal desde la política publica y desde los esfuerzos privados, ya que llevamos décadas sin poder sobresalir.
El deporte de alto rendimiento refleja la suma de múltiples esfuerzos financieros y de construcción de instituciones e incentivos que alinean la posibilidad de que los jóvenes puedan estudiar y hacer deporte, y si tienen el nivel, dedicar prácticamente su vida a llevar en alto el nombre de su país, competir y preparar a nuevas generaciones, en un círculo virtuoso que aleja a la juventud de la violencia y la irrelevancia. El deporte es en más de un sentido el reflejo del tejido social que construimos.
Como sociedad, vernos en el fondo del medallero debería tocarnos más de una fibra, y movernos a la acción. Tantas leyes, tantos pendientes del país, tantos problemas y no podemos voltear a ver la experiencia de países similares al nuestro, y buscar mejores alternativas para que el deporte de alto rendimiento deje de ser un campo dominado por caciques que se han apoderado de federaciones y que solo han perpetuado el fracaso y la mediocridad.
Me parece increíble, y en algunos casos recientes, decepcionante, que los dirigentes deportivos que son excampeones olímpicos no puedan cambiar la realidad que ellos han sufrido. Es inverosímil pensar que las universidad públicas y privadas del país no pueden promover otras plataformas, que no pueden existir más recursos, que no podamos aspirar a que nuestro Himno Nacional suene alto en una ceremonia y que sea el reflejo de las capacidades que tiene la gente de nuestro país.
No critico en ningún sentido a los atletas mexicanos y a nuestra delegación. No tengo duda que han dejado todo para llegar tan lejos y lo han hecho con absolutamente todo en contra. Crítico y lamento que a nadie, desde hace décadas, le importe el deporte nacional más allá de la demagogia, el oportunismo político y el discurso fácil.
Me parece que en un país herido por la violencia, en donde la mayor parte de la población son jóvenes, mereceríamos tener una plataforma acorde con el talento desperdiciado que hay allá afuera, talento que podría portar con orgullo los colores nacionales en su uniforme, con apoyos y estímulos y en muchos casos, la posibilidad de un futuro sin los sacrificios absurdos e injustos que implica dedicarse al deporte de alto rendimiento en este país.
Los resultados en competencias internacionales, como las olimpiadas, mejores a veces, peores otras, son casi siempre los mismos, permanece una inercia de mediocridad y conformismo. Lo lamentable aquí es que existe mucho talento y ganas de hacer grandes cosas, pero nuestro raquítico entramado institucional aunado a la indiferencia del sector privado, nos han condenado a quedarnos atrás y a vivir la derrota como una suerte de tradición cultural.
Espero que las cosas cambien y que pueda ver a los atletas mexicanos ser recompensados por sus esfuerzo y talento; espero poder ver a un país que apoye a su talento y que lo impulse a desarrollarse y crecer. En el interín, mi más profundo respeto y admiración para todos los deportistas que luchan día a día por conquistar sus metas en un contexto que les pone obstáculos, les exige todo, y les retribuye casi nada.
Javier García Bejos