Vivimos momentos en los que entender la realidad requiere un poco más de análisis que de costumbre. Los filtros de la comunicación virtual generan ánimos, encumbran figuras y destruyen reputaciones en instantes; peor aún, son un termómetro que pareciera definitorio, un juicio terminado.
En las redes sociales, los usuarios se vuelven mayoría y pueden entonces, con relativa facilidad, informar o desinformar, así de simple. En este sentido, los últimos dos años de la administración del presidente Enrique Peña Nieto son testimonio de la insólita batalla cotidiana que se está librando en el terreno de la política nacional; ya lo habíamos escrito hablando de los contreras que todo vuelven anti-sistémico, pero ahora vamos más lejos y de repente todo lo que hace el gobierno, todo, es motivo de inconformidad y de escarnio.
Reconocer que, como en el ejercicio de cualquier cosa hay errores, omisiones y hasta posibles razones de Estado, ya no es parte de la ecuación. Nos estamos convirtiendo, con demasiada facilidad, en un país atado al deporte de la frivolidad más injusta de todas, que es aquella que se encarga de burlar la vista de todos y convertir cualquier luz en sombra; así, no hay esperanzas que construir.
Este gobierno, y cualquier otro, será rehén de esas percepciones que lastiman profundamente, que dividen, que se vuelven intolerantes hasta de la respiración del gobierno. Lo malo de esto es que no hay propuestas ni reflexiones; hablamos del vestido, de la declaración, de Trump y lo inmediato, pero no de ningún tema de fondo.
Criticamos, mientras la sociedad no hace un esfuerzo por combatir la pobreza, y señalamos, pero en el camino no hay solución posible a que el dólar valga 19 pesos, por ejemplo. Del mismo modo, nos rasgamos las vestiduras exigiendo renuncias anticipadas, pero no hay a cambio ningún proyecto o camino alternativo, salvo el del triperfecto eterno candidato, oportunista, que se ha investido como conciencia y guía de la nada hacia la nada.
De vuelta en el mundo real, la evidencia muestra que la inflación es la tercera parte de la que había en la administración de Vicente Fox y la mitad de la de Calderón, lo que ha permitido el respiro del poder adquisitivo. Además, la economía crece al doble de lo que lo había hecho durante los últimos dos sexenios, a pesar de que el petróleo vale 40 dólares y el mundo se convulsiona. Con ello, se han generado más de 2 millones de empleos, más que los generados en 12 años de los últimos dos presidentes.
A pesar de esta realidad, alentadora y contundente, gana la percepción, y con ella las ganas de caminar al precipicio al que otros han caminado. Ahí, la caída no tiene que ver con renuncias, protestas o memes; la caída se convierte en lo contrario a la realidad que nos permite estar en contra de todo hoy, que es el autoritarismo y la represión, en donde ahí sí, la percepción y la realidad es la misma. Aquí lo bueno, es que no siempre es así.