En marzo cuando en México comenzaron a presentarse casos de COVID y ante la cuarentena que se vivía en muchas partes del mundo, quizás de manera temprana, las ciudades del país quedaron vacías. Los mexicanos decidimos interpretar las señales y nos quedamos en nuestra casa y el ritmo al que iba creciendo la pandemia en un principio parecía estar bajo control.
Desde un inicio la polémica en México ha venido de la mano del responsable de estar al frente de las políticas públicas de sanidad, el Dr. Hugo López Gatell, quien ha construido una narrativa diferente a la de otros países; mientras que en todo el mundo, por ahora, el cubrebocas es la mejor vacuna, en México no se ha considerado como parte de la estrategia oficial. En otros países, hacer pruebas y trazar la evolución de la enfermedad parecía una decisión natural, en el nuestro, la estrategia optó por un método que al final obliga, a ojo de buen cubero, calcular el nivel de contagios.
Más de un millón de enfermos y más de 100 mil muertos; más de 10 mil contagios al día (que multiplicados por la proporción explicada oficialmente nos daría la escalofriante cifra de 70 mil) deberían de hacer el semáforo lo suficientemente claro como para que, como hicimos en marzo, volviéramos a la cuarentena para detener definitivamente el crecimiento de los contagios, calificados por la Organización Mundial de la Salud (OMS) como muy preocupantes. Mientras crece la pandemia, crece la saturación hospitalaria y si bien hoy doctores y enfermeras saben mejor cómo actuar, lo hacen pensando en los más de 10 mil trabajadores del sector salud que han perdido la batalla contra el COVID-19, con el cansancio que implica muchos meses de sacrificio que debería ser reconocidos por todos.
El repunte de la pandemia se da también frente al agotamiento de un año que nos ha puesto a prueba a todos, donde la batalla ha consistido en trabajar y esquivar los efectos económicos de la crisis. La situación ahora es más compleja puesto que se atraviesa el fin de año, temporada de fiestas, reuniones y vacaciones. Al parecer, por el tráfico en las ciudades y los rumores mediáticos sobre fiestas y reuniones, alejados de cualquier conciencia colectiva, los mexicanos “rifados” y profundamente irresponsables, estaremos protagonizando el peor de nuestros suicidios colectivos, poniéndonos en riesgo de manera absurda.
Frente a la realidad, la narrativa de las autoridades de salud y los gobiernos de los estados es llenar de matices los colores del semáforo, amarillos y naranjas de mil niveles para evitar el rojo, cuando el mensaje debería ser contundente en el país con la mayor tasa de letalidad del mundo. El color del semáforo está en nuestra conciencia, en nuestra capacidad de ser solidarios colectivamente, en estar unidos en la convicción de detener el dolor de tantas familias que han tenido que llorar una perdida, de tantos doctores y enfermeras que han perdido a sus compañeros y han sacrificado todo por servir. Es momento de poner la responsabilidad de frente, usar cubrebocas, quedarse en casa y defender nuestra salud individual y colectivamente.