Trump en Davos y el fin de la globalización

  • Ekos
  • Javier García Bejos

Edomex /

La presencia de Donald Trump en el Foro Económico Mundial de Davos es, en sí misma, una paradoja. Davos nació como el gran santuario del consenso globalista, el espacio donde élites políticas y económicas defendieron durante décadas la integración comercial, las cadenas de valor transnacionales y la idea de que el libre mercado, sin demasiadas fronteras, era sinónimo de progreso. Trump llega ahí no como heredero de ese consenso, sino como su principal sepulturero simbólico.

El contexto no podría ser más revelador. Mientras el mundo atraviesa una reconfiguración económica marcada por la fragmentación, la relocalización industrial y la rivalidad entre bloques, figuras clave del trumpismo, como Howard Lutnick, han proclamado abiertamente el “fin de la globalización” tal como la conocemos. No se trata de una provocación retórica, sino de una declaración ideológica: el modelo que priorizó la eficiencia sobre la cohesión social, que desplazó empleos y debilitó Estados nacionales, es presentado ahora como un error histórico que Estados Unidos ya no está dispuesto a seguir pagando.

Trump en Davos encarna esa ruptura. Su discurso no busca reformar el orden global, sino confrontarlo. En lugar de hablar de cooperación multilateral, insiste en soberanía económica, proteccionismo selectivo y relaciones internacionales basadas en la fuerza negociadora, no en reglas compartidas. Es el mensaje de “America First” trasladado al corazón mismo de la globalización, como una advertencia más que como una invitación al diálogo.

Este viraje tiene una consecuencia inmediata: la relación con Europa. El vínculo transatlántico, durante décadas presentado como un eje natural e incuestionable, hoy aparece erosionado, tenso y, en ciertos momentos, abiertamente hostil. Para el trumpismo, Europa ya no es un aliado estratégico, sino un competidor incómodo, un bloque que regula demasiado, que cuestiona el poder estadounidense y que se resiste a alinearse sin condiciones. En ese marco, la idea de una Europa “nemésis” de Estados Unidos deja de parecer exagerada y se convierte en una lógica política coherente dentro del trumpismo.

Europa, por su parte, percibe a Trump no como un socio impredecible —como en su primer mandato— sino como un actor estructuralmente incompatible con el proyecto europeo. La defensa de la autonomía estratégica, el endurecimiento del discurso frente a Washington y la creciente disposición a confrontar aranceles y amenazas son síntomas de una relación que ya no descansa en la confianza, sino en la contención mutua.

Davos, entonces, deja de ser el espacio de los acuerdos silenciosos y se convierte en un escenario de choque. Trump no va a salvar la globalización ni a modernizarla; va a certificar su crisis. Pero el problema no es solo que el viejo modelo esté agotado, sino que la alternativa que ofrece el trumpismo no apunta a un nuevo equilibrio global, sino a un mundo más fragmentado, más transaccional y potencialmente más inestable. La gran pregunta que flota en Davos no es si la globalización terminó, sino si el orden que la sustituya será más justo o simplemente más brutal.


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