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Voltear a ver al de abajo

Javier García Bejos

Esta ha sido una semana triste, dura en muchos sentidos. El desplome de un tramo de la Línea 12 del Metro de la Ciudad de México expuso algo que ya sabíamos y que incluso la pandemia, y la crisis generada por esta, también lo mostró de cuerpo completo: los sectores sociales más desfavorecidos siempre son los que afrontan la peor cara de la moneda cuando hay una crisis financiera, un desastre natural o cualquier imprevisto que genere inestabilidad social, económica o política.

El asunto de la pobreza y lo que ella genera, desigualdad, marginación, falta de oportunidades, escasa o nula movilidad social, han sido siempre temas que me ocupan y preocupan. Lo sucedido en estos días movió mucho dentro de mí puesto que haciendo un ejercicio de empatía, más que necesario en estos tiempos, hay que pensar en lo que significó para los deudos de las víctimas el haber perdido a un familiar; hay que pensar en los habitantes de Tláhuac y Valle de Chalco que hoy se quedan sin un medio de transporte rápido y eficaz y que so les complica por completo su vida.

Hay que pensar en esa zona de la ciudad, eternamente desatendida, que vio en la llegada de la Línea 12 del Metro, como, por fin, una de sus tantas necesidades, se resolvía. Hoy, la historia para los habitantes de esta región de la ciudad se pinta de negro.

En sintonía con esta tragedia, una de las historias que más me conmovió fue la del tabasqueño Miguel Córdova, un joven indigente que tenía su hogar bajo el viaducto elevado por el que viajaba el Metro; su desaparición y posterior localización motivó a muchas personas a ofrecerle un techo y las palabras de agradecimiento del joven se me quedaron grabadas, “Gracias por las muestras de cariño, por hacerme sentir que todavía vivo en la sociedad, que soy parte de esta sociedad a pesar de lo alto, lo malo y lo bueno que hay en esta vida, Muchas gracias les deseo todo lo mejor, a sus familias a todo lo que los rodea”.

La sensibilidad y tino de las palabras de este joven dan en el clavo al gran fallo estructural de nuestro sistema político y económico -y aquí no estoy hablando solo de México-, puesto que este modelo no ha sabido o no ha querido ocuparse de ese sector de la población marginado a perpetuidad; una clase social que se sabe y se siente menos valiosa; grupos de seres humanos cuyas vidas parece que no importan, o importan menos. Por ello, las palabras de Miguel tienen tanta resonancia porque señalan un simple y sencillo gesto; el hecho de que se le volteé a ver le devuelve su dignidad humana: Miguel no es invisible, existe e importa.

Leyendo los periódicos este fin de semana, me encontré con una nota en este diario que significó un modesto pero reconfortante halito de esperanza y que abordaba en parte la problemática social que desarrollé unas líneas antes. Se trata de un proyecto llamado “Almas Bravas”, fundado por Gerardo Ulises Sotelo y dirigido por el multicampeón de box, Arturo Toluco Contreras, en Toluca.

A groso modo, lo que hace el proyecto es apropiarse de un espacio público ligado a la marginación, las drogas y la violencia, en concreto la terminal de autobuses de Toluca, y en un gimnasio -cercano a la central- darle oportunidad a jóvenes, hombres y mujeres en situación de calle, a cambiar las adicciones por el deporte.

La labor es loable y ha ayudado a muchas personas; les ha dado la posibilidad de imaginar una forma de vida distinta, los testimonios así lo manifiestan, “Hace año y medio tuve un problema con el alcohol y la drogadicción, pero gracias a Gerardo Sotelo, que me rescató, estoy aquí, si no, no sé qué sería de mí en estos momentos”, relata Christian Alejandro Garcés Muñoz, alias Nariz.

Más de 30 personas, hombres y mujeres, forman parte de “Almas Bravas”, que bajo la guía de Arturo Toluco Contreras, encuentran en el deporte una válvula de escape saludable y quizá un pase seguro a su integración en la sociedad. Y aquí está la clave. A las clases sociales más desfavorecidas les urgen más iniciativas como esta, tanto desde la trinchera ciudadana y privada, pero sobre todo desde la política; lo que necesita esta gente es saberse valorada; sentir que su vida importa, que no son ciudadanos de tercera o cuarta categoría, sino ciudadanos como todos los demás.

El gesto y acción de “Almas Bravas” debería replicarse en otros formatos y con otros objetivos, pero todos ellos encaminados a dignificar a aquellos a quienes el sistema ha excluido. Es momento de que como sociedad captemos de una vez el sentido comunitario de vivir en democracia y volteemos a ver al de abajo.

Javier García Bejos


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