Dos espejos

Ciudad de México /

Procuraba verse en el espejo lo menos posible para no encontrarse con sus propios ojos”. Este personaje que huye de sí mismo es el Simón Bolívar que escribió Gabriel García Márquez en su novela El general en su laberinto. Bolívar aparece en plena decadencia en esas páginas, es un héroe incomprendido que deambula de una habitación a otra, acosado por sus enemigos y, sobre todo, por sus fantasmas, que se asoman por sus ojos cada vez que se mira en el espejo.

Lo que perturba a Bolívar no es ver en el espejo su imagen decadente, las ruinas del apuesto general que fue, sino asomarse por sus ojos a su propio interior. Gabo habla de un “encuentro” entre la persona y sus propios ojos para señalar esa zona oscura que nos resulta más cómodo ignorar.

El interior físico perturba tanto como el psicológico, la imagen de nuestros órganos palpitando, cubiertos de mucosidades, secreciones y espumarajos, que nos enseña la cámara de un filamento laparoscópico, es tan terrorífica como los fantasmas que se asomaban por los ojos de Bolívar: los dos son territorios desconocidos, paradójicamente nuestros, de los que preferiríamos no enterarnos.

La imagen de Bolívar huyendo de sus propios ojos, es decir, de sí mismo, nos recuerda esa otra mucho más antigua, de la mitología prehispánica. Bernardino de Sahagún nos cuenta un episodio, con otro espejo como detonante, entre Quetzalcóatl y Tezcatlipoca, su gemelo oscuro. Tezcatlipoca quiere decir, como todos sabemos, “espejo negro que humea”.

Carlos Fuentes da una valiosa pista para perfilar a Tezcatlipoca, lo define como “un Puck oscuro y eternamente joven”. Puck es una especie de duende, de la mitología celta, que aparece haciendo diabluras, con el nombre de Robin Goodfellow, en Sueño de una noche de verano, de Shakespeare. La referencia shakesperiana (no esperábamos menos del maestro Fuentes) orienta, pero pasa por alto la impresionante riqueza indumentaria de Tezcatlipoca, frente a la que desmerecen escandalosamente el sombrerito y las mallas de bailarín de Puck.

El Puck oscuro, el gamberro de las bromas pesadas le dice a sus colegas, que son demonios de su misma calaña: “visitemos a Quetzalcóatl y llevémosle un regalo”. No olvidemos que Quetzalcóatl es su hermano, su gemelo, no perdamos de vista el marco fratricida del episodio.

En los Anales de Cuauhtitlán, donde se cuenta una de las versiones de este mito, ya se menciona a Quetzalcóatl, aunque se trata de la fase anterior del personaje, del gobernador de los toltecas que era un mortal llamado Ce Ácatl Topiltzin, que más tarde, como consecuencia de la gamberrada de Tezcatlipoca, se transformaría en dios; aunque es verdad que se trataba de un mortal divinizado; pasaba varias horas al día “ayunando” solo en la oscuridad, y Torquemada, basado en las versiones que iba recopilando, nos lo presenta como “un gran mago y nigromántico a quien después adoraban como el dios”.

Tezcatlipoca y sus amigos se presentan en el palacio de Quetzalcóatl, en Tula, y le entregan un regalo envuelto en varias capas de algodón. “¿Qué es?”, pregunta Quetzalcóatl, intrigado pero también, supongo, con cierta ilusión. Mientras lo desenvuelve su hermano, que ya sabe el daño que va a causar ese regalo, disfruta, junto con sus amigos, del momento. El regalo es un espejo en el que, inevitablemente, Quetzalcóatl se contempla a sí mismo y lo que ve no es el rostro del dios que creía ser sino la cara de un hombre normal, y esta evidencia lo deja severamente perturbado. Lo que le pasa a Quetzalcóatl es la alegoría de lo que le pasa a cualquier persona, con un concepto benevolente de sí misma, cuando se mira en un espejo.

Bolívar, un general habituado a los espejos, opta por no mirarse a los ojos, sabe que por ahí se asoman fantasmas suyos que prefiere ignorar, en cambio Quetzalcóatl tenía poca familiaridad con los espejos, aunque convivía íntimamente con sus fantasmas cuando ayunaba solo y a oscuras. Estar solo en la oscuridad durante un largo rato es otra forma de mirarnos el fondo de los ojos.

Quetzalcóatl se conocía más por dentro que por fuera y la imagen de su exterior en el espejo lo dejó destruido. Aquí está la clave de ese intercambio, ridículo solo en apariencia, que hacían los indios con los conquistadores: oro a cambio de espejitos. Qué tiene más valor: una pieza de oro o el espejo que aniquiló al gobernador de los toltecas, que se transfiguraría en el dios Quetzalcóatl.

Tezcatlipoca, después de su canallada, dejó a su hermano sumido en una profunda crisis de identidad que lo llevó a beber cantidades inmisericordes de pulque y, en la parte álgida de la borrachera, fornicó con su propia hermana.

Al día siguiente, muy arrepentido, caminó hasta que llegó a “la orilla celeste del agua divina”, se cuenta en los Anales de Cuauhtitlán; ahí Ce Ácatl Topiltzin se echó a llorar y “después cogió sus arreos, aderezó su insignia de plumas y su máscara verde”. Luego de ataviarse ceremoniosamente se prendió fuego. Era el año I Ácatl. En cuanto su cuerpo quedó reducido a cenizas, los que estaban por ahí vieron como el corazón de Quetzalcóatl ascendía al cielo y comenzaba ese viaje eterno que, todavía hasta hoy, lo lleva de un lado a otro del plano astral, el viaje de Venus del poniente al oriente, de la tarde a la mañana, de la oscuridad a la luz.

  • Jordi Soler
  • Es escritor y poeta mexicano (16 de diciembre de 1963), fue productor y locutor de radio a finales del siglo XX; Vive en la ciudad de Barcelona desde 2003. Es autor de libros como Los rojos de ultramar, Usos rudimentarios de la selva y Los hijos del volcán. Publica los lunes su columna Melancolía de la Resistencia.
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