Alexander cuenta, a su hijo pequeño, la historia de un monje ortodoxo que planta un árbol seco en la montaña y lo riega pacientemente, cada día, hasta que lo hace florecer. Si cada día, a la misma hora, celebras el mismo ritual, el mundo cambia; le dice Alexander a su hijo.
Esta idea, de pátina zen, aparece al principio de la película El sacrificio, de Andréi Tarkovski (1986), y viene a decirnos que la sustancia de la vida no se encuentra en las grandes gestas, sino en ciertos episodios, modestos y aparentemente inocuos, de la cotidianidad.
Hacer algo porque sí, con fe absoluta y regularidad monástica, aniquila la lógica utilitarista de nuestro tiempo, que nos induce a buscar ganancias y rendimientos en todo lo que hacemos. Quien riega un árbol seco hasta que florece, se está rebelando contra esa lógica.
El microrritual, que puede ser el del monje de Tarkovski o cualquier otra acción modesta y continuada, es una postura filosófica, un antídoto contra dos de las grandes imposiciones de nuestro tiempo: la hipervelocidad y la pasividad digital. El microrritual es la resistencia contra la dictadura del clic y el algoritmo, y contra las fantasmagorías de la IA: frente a la pasividad que impone la vida ante la pantalla, el microrritual que te convierte en sujeto activo y consciente de tu realidad.
Esa delirante interacción entre la pasividad y la hipervelocidad parece uno de los signos de nuestro tiempo.
No todo tiene que ser veloz y productivo, el microrritual nos ofrece un refugio, nos regala la profunda utilidad que acaban teniendo las acciones inútiles.
La película de Tarkovski está construida sobre esta idea: protesta contra la velocidad y el montaje frenético de las películas con planos larguísimos donde aparentemente no pasa nada.
Las horas, y los días y la vida, de quien se somete al ritmo hiperveloz de la modernidad, huyen a toda velocidad, y esto es lo contrario de lo que sucede a quien practica un microrritual, que ralentiza el tiempo porque es consciente de cada segundo que vive se rebela contra esa inercia que arrastra a los demás.