Cuando se observa una fotografía aérea del estrecho de Ormuz, acaba uno pensando en que las palabras “angosto” y “angustia” comparten etimología: una define la opresión física del espacio y la otra la opresión psicológica del espíritu. Este estrecho, hoy, produce las dos.
En ese mar angosto, por donde circula buena parte del petróleo del planeta, se juega un pulso naval de gran trascendencia geoestratégica: Irán quiere controlarlo y Estados Unidos trata de impedirlo. Esta es, grosso modo, la situación, que continuamente se decanta de un lado o del otro.
La angustia que produce un paso angosto, como el de Ormuz, viene de lejos. En la Rapsodia XII de la Odisea, Homero nos habla del estrecho de Mesina, que es ese mar angosto que separa la isla de Sicilia de la península itálica, y comunica el mar Tirreno con el Jónico. Por el estrecho de Mesina no navegaban los barcos petroleros, como lo hacen por el de Ormuz, pero sí los que llevaban cereales, madera, piezas de metal, carne y pieles de animales, objetos de cerámica, aceite y vino, un nutrido flujo de mercancías que daba un poder inmenso a quien lograba controlarlo, como lo hizo Sexto Pompeyo, igual que hoy lo hace la Guardia Revolucionaria de Irán en el otro estrecho.
En la Odisea eran Escila y Caribdis los que controlaban el estrecho de Mesina. Del lado de la península estaba Escila, un monstruo de 12 piernas y seis cabezas con enormes hocicos llenos de dientes afilados, “con voz semejante a la de una perra recién nacida”. Caribdis estaba del lado de Sicilia y era una criatura que absorbía y expulsaba el agua violentamente, provocando mortales remolinos. Escila atacaba desde la tierra firme, desde un punto fijo como el que ocupan los lanzamisiles iraníes, o los muelles de donde salen, como las cabezas del monstruo, las lanchas rápidas con ametralladoras y misiles ligeros. En cambio Caribdis era el peligro dinámico, la amenaza fuera de control, el mismo azar que, como pasaba con los remolinos del monstruo, mueve las minas submarinas en el estrecho de Ormuz.