La sirenita (remasterizada)

Ciudad de México /

Había una vez una linda muchacha, con medio cuerpo de pez, que era hija del rey del mar y se aburría, como una ostra, a pesar de que era princesa y podía hacer lo que quisiera en los dominios submarinos de su padre. “Puedo hacerlo todo menos caminar como una chica normal”, le dijo una vez a la hechicera del palacio. “Te doy un par de piernas a cambio de tu voz”, ofreció la vieja que tenía boca de congrio y echaba, después de cada palabra, unas burbujas repelentes. “Vale”, respondió la sirena y no pudo decir más porque enseguida se quedó sin voz y su cola se transfiguró en un par de piernas espléndidas. Llegó braceando y pataleando hasta las playas de Mandinga, en Veracruz, y en aquellas arenas dio sus primeros pasos tambaleantes, era de noche y su cuerpo brillaba a la luz de la Luna. “¿Qué haces aquí tan solita?”, le preguntaron unos gamberros que estaban arracimados en un portal bebiendo cerveza y hurgándose las muelas y sacándose pelusas del ombligo.

La princesa se durmió en el puesto de pescados. Shutterstock

La princesa no pudo contestarles porque no tenía voz, y su silencio enardeció a estos gamberros, fue tomado como un desaire, como un descolón para usar una palabra típica de esas playas y, para vengar tanto desprecio, la fueron siguiendo por el pueblo gritándole cosas horribles como “¡muda ingrata!” o “¡mudita altanera!”, y como ella ni volteaba porque no podía contestarles nada, comenzaron a gritarle “¡vete de nuestro pueblo mudita de mierda!” y ella comenzó a correr con cierto trastabilleo porque sus piernas eran nuevas y no paró hasta que encontró refugio en el mercado y ahí, presa de una nostalgia insoportable que la empujaba a regresar al fondo del mar, cosa ya imposible porque había perdido su cola de pez, se echó a dormir en el puesto de los pescados. Al día siguiente salió del mercado oliendo a pámpano y a huachinango, dejando una estela de escamas de sábalo y con el pelo revuelto y estropeado por un lodillo oceánico, y olía tanto a pescado y a criatura de las marismas, que los gamberros del pueblo dejaron de decirle mudita y muda para llamarla, de ese día en adelante, la pescada.

  • Jordi Soler
  • Es escritor y poeta mexicano (16 de diciembre de 1963), fue productor y locutor de radio a finales del siglo XX; Vive en la ciudad de Barcelona desde 2003. Es autor de libros como Los rojos de ultramar, Usos rudimentarios de la selva y Los hijos del volcán. Publica los lunes su columna Melancolía de la Resistencia.
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