Lo que recordamos está alojado en el corazón. Es bien sabido que en nuestra lengua la palabra “recordar” quiere decir, etimológicamente, volver a pasar por el corazón. Y lo que vuelve a pasar ya estuvo antes ahí mismo, como un activo de la memoria cardiaca.
En inglés y en francés la memoria también está en el corazón: learn by heart, apprendre par coeur, dos frases que quieren decir, en las dos lenguas, “aprender de memoria”.
“Recordar” en italiano es ricordare, y tiene la misma etimología que en español. Pero no sucede lo mismo con su contrario, “olvidar”, que en español designa a aquello que se oscurece y que pierde visibilidad en la mente de alguien. En italiano “olvidar”, scordare, también es una operación cardiaca; la palabra quiere decir, literalmente, sacar del corazón.
Pero para olvidar otro tipo de recuerdos los italianos tienen la palabra dimenticare: sacar de la mente. Hay en esta lengua una clara diferenciación entre los recuerdos intelectuales y los sentimentales. No es lo mismo olvidar con la cabeza que con el corazón.
Esa flor azul que en español se llama nomeolvides, en italiano se conoce como nontiscordardimé: no me saques de tu corazón. Porque ya no lates en la vida de quien te ha expulsado de ahí.
El dimenticare es crucial porque la memoria sacada de la mente deja espacio para la información nueva. A Ireneo Funes, el personaje de Borges, este verbo italiano le hubiera aligerado la existencia.
El scordare, por su parte, escombra el corazón para alojar nuevos afectos, o nuevos odios, que también se aposentan ahí.
Para deshacernos efectivamente de los lastres de la memoria tendríamos que purgar sus dos alojamientos, la mente y el corazón, una maniobra que no podemos hacer los que hablamos español porque “olvidamos” en general, difuminamos el recuerdo que nos sobra sin importar en donde esté localizado. Dante, el poeta que scordava y dimenticava, se sumerge, en su Divina comedia, en las aguas del río Leteo y así elimina el lastre de la memoria: se purifica para poder entrar ligero al Paraíso.