Pero tenemos la luz

Ciudad de México /

El poeta español Eloy Sánchez Rosillo propone una interesante visión del alma: “al margen de uno mismo, el alma está ocupada noche y día en sus propios asuntos”. No es el alma cristiana, cuya cárcel es el cuerpo; ni tampoco el alma que está integrada a nuestra realidad material, el alma y la carne que son la misma cosa, de la que escribía el poeta Artaud. El alma que propone Rosillo es una cosa independiente del cuerpo que trabaja, noche y día, en sus asuntos; un alma que se parece al subconsciente pero con más misterio, porque se trata de un ente fantasmal, no de una pieza de la tramoya psicoanalítica como sería el otro. El alma, según se deduce de estos versos, no es nuestra, es un intruso, es un alien que en cualquier momento se desdobla y se convierte en nuestro íntimo enemigo. Hay que estar siempre alerta, el alma trabaja las 24 horas del día y, cuando dormimos, quedamos durante muchas horas a su merced.

Estos versos están en el libro Oír la luz (Tusquets, 2008), una obra redonda en donde yo he encontrado una especie de mapa, a versos, para sortear las trampas del siglo XXI.

“Qué don maravilloso el de estar solo a veces para oír lo que importa”, escribe el poeta y más adelante lanza el complemento: “y escuchar sosegados lo que nunca atendemos: el latir de la vida, lo que las cosas dicen”. Estos versos son una invitación a apagar las pantallas, a quitarse los audífonos y a sentarse, en donde sea, a escuchar lo que dicen las cosas y, también, a experimentar, a sentir el latir de la vida que solo se manifiesta cuando apagamos los aparatos y nos sentamos a no hacer nada. Ponerse, sentado o caminando, a sentir el latir de la vida no es, de ninguna forma, hacer nada, al contrario, puestos ahí somos parte del pulso del universo entero, lo cual es mucho hacer.

En esta misma línea el poeta nos dice en otros versos: “cuánto misterio surge si suspendemos totalmente cualquier actividad y nos abrimos al ser que somos y a la realidad que nuestro alrededor nos da con creces”. Aquí el poeta toca la forma en que Carlos Castaneda se integraba con la naturaleza suspendiendo el diálogo interno, esa palabrería que nos decimos permanentemente dentro de nuestra cabeza, ese escándalo verbal que no nos deja apreciar la realidad porque, además del ruido, nos orilla a juzgarla, a deformarla a partir de nuestros prejuicios; por eso Castaneda para ver la realidad, para percibir de verdad el mundo en el que vivimos, ponía como primera condición parar esa palabrería para que ese misterio, del que nos habla el poeta, pueda entrar.

De manera paralela al descubrimiento del misterio, el poeta propone una técnica de apropiación: “Mirar es poseer: todo es tuyo si miras, aunque el ciego te vea con las manos vacías”. Aquí se nos invita claramente a tomar partido: o nos apropiamos de todo lo que vamos mirando, o pertenecemos al contingente de los ciegos que son incapaces de ver lo que es suyo. La decisión parece fácil, una obviedad, pero no lo es, porque para mirar así hay que percibir el latir de la vida y saber abrirse al misterio, lo que sería tanto como decir: para poseerlo todo hay que sentarse a no hacer nada.

En otros versos el poeta nos ofrece un certero diagnóstico del equilibrio que sostiene a la vida, y de la importancia de mantener una posición activa para sortear el desequilibrio: “si tu espíritu no se rinde y prosigue, tal vez descubras luego, bajo la tierra estéril de las devastaciones, una escondida fuente. De ella brota un agua fresca y viva que es también una luz, la más intensa luz, la luz más pura”. La idea del poeta, me parece, parte del siguiente axioma: una porción de luz necesita, para poder existir, de una porción idéntica de oscuridad. No hay luz sin oscuridad, así como no hay bien sin mal, ni belleza sin fealdad, un polo depende del otro y así se mantiene el equilibrio. Pero el poeta va más allá, nos presenta una zona devastada, estéril, oscura, y nos invita a meternos ahí, si es que somos capaces de resistirlo, a buscar la fuente que está escondida en esa aterradora oscuridad, porque de esa fuente brota la luz más pura, la luz más importante, la más verdadera; hay que ir a buscar esa luz en medio de la oscuridad, nos viene a decir el poeta y esto, trasladado a la dimensión personal, nos llena de esperanza: toda experiencia, por difícil y devastadora que sea, lleva siempre adentro una fuente de luz.

Antes, en su libro La certeza (Tusquets, 2005), Eloy Sánchez Rosillo ya nos había descubierto la naturaleza de la luz, quizá porque este poeta murciano es eso: el poeta de la luz. “Tu error está en creer que la luz se termina (….) No, la luz no se acaba, si de verdad fue tuya. Jamás se extingue. Está ocurriendo siempre”. Estos versos ofrecen todavía más esperanza que los anteriores, que nos invitaban a buscar la luz en la oscuridad, porque aquí el poeta nos dice que la luz que hemos logrado conservar dentro, y que a diferencia del alma es nuestra, no se extingue nunca, por más que estemos en esa zona devastada, estéril y oscura que constituía el paisaje de los versos anteriores.

Transcribo los últimos versos del poema con el que comenzamos estás líneas: “Y allí abajo otra vez se queda el alma, ensimismada en sus ocupaciones, a solas, sin nosotros”. No tenemos alma, parece decirnos el poeta, pero tenemos la luz.

  • Jordi Soler
  • Es escritor y poeta mexicano (16 de diciembre de 1963), fue productor y locutor de radio a finales del siglo XX; Vive en la ciudad de Barcelona desde 2003. Es autor de libros como Los rojos de ultramar, Usos rudimentarios de la selva y Los hijos del volcán. Publica los lunes su columna Melancolía de la Resistencia.
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